Desarrugó el papelito que tenía estrujado en la palma de su mano, con sus dedos lo estiró suavemente sobre la mesa de aquel bar y volvió a leer el mensaje. Una sonrisa iluminó su rostro tallado por la tristeza.
             Pensó en su niñez, evocó los años ausentes de vergüenzas y conocimientos. Recordó su ingenuidad - volvió a sonreír - en esa época creía hasta en los cuentos de hadas y muy seguramente, que si a sus ocho años hubiese leído ese papel arrugado que tenía sobre la mesa, estaría saltando como una loca con los brazos en alto y gritando a todo el mundo su alegría.
 
            Pero ya no tenía ocho años y las líneas de la tristeza en su rostro no se borran de buenas a primeras por efecto de un corto mensaje escrito en un papel arrugado. Volvió a leer.
 
            ¿Y si fuera verdad? No lo del príncipe ni las perdices, ni madrastras, sino el amor, si pudiera hacer desaparecer esos días de dudas, si tuviera unas tijeras mágicas recortaría esas escenas en que su indiferencia ensombrecía la cara de su amante y dejaría únicamente la de las risas, la de las miradas, las del roce de unas manos inquietas.
            O si hubiese hablado acerca de sus miedos, sus inseguridades, si en vez de posponer hubiera actuado antes del final.
            Volvió sobre el papel - volvió la sonrisa -
 
            Bebió el último sorbo de cerveza y se marchó dejando el papel nadando en un mar de espuma.