Aquel lejano día había amanecido muy contenta, sentía que la primavera brotaba directamente de su sexo hambriento y se expandía por todas las venas que recorrían su cuerpo, impulsándola a caminar, moviendo las caderas al ritmo de una música inventada por ella misma, en esos primeros minutos de su día. 

La luz del sol entraba radiante por su ventana - se asomó a contemplarlo y una tibia caricia recorrió su piel - estuvo de pie en el balcón unos minutos -. Entró luego, fue hasta la cocina puso la cafetera en marcha y olisqueó en el ambiente el aroma del café, como cuando era niña y llegaba del colegio sintiendo que se encontraba ya a salvo. 

Lo bebió sorbo a sorbo, paladeó el líquido retardando el placer, mordió el pan con afán, como si llevara siglos sin comer. Y sí, era verdad, el tiempo de tristeza instalado en su cuerpo había sido una eternidad. 

Afortunadamente ese día ya era libre, recordó sus viejas canciones y aunque un sentimiento de vergüenza ajena la acompañaba cuando tarareaba una de ellas, se negó a darle importancia. Esas canciones le habían proporcionado mucho placer en su juventud, con ellas había bailado hasta el agotamiento o había amado de la misma manera, como se debe amar y bailar. Las aguas tibias no sirven. 

Con la taza vacía en la mano, la última miga de pan en el borde sus labios y la música metida en su cuerpo caminó por su casa, se detuvo observando las desconchaduras de la pintura, algún punto sucio del sofá,  el polvo que cubría sus libros,  los lápices con las puntas sin acabar y sintió que el tiempo había sido un concepto muy vago en su vida. No, no se trataba de días, meses o años, tampoco de estrías ni flaccidez en sus extremidades, ni de calores humanos que van y vienen.  ¿Cómo poner el tiempo sobre la mesa para verlo mejor?

 Tiempo era una brizna de polvo, un tono en la pared, un personaje de una novela, el sabor de un beso, el olor a café, tiempo era también el revoloteo de las mariposas en su tripa y el sudor de las manos cuando recordaba aquella sonrisa. La colocó en la palma de su mano y la llevó ante el espejo de su armario, la puso a la altura de su boca, comparó los gestos, la curva de los labios, fijó sus ojos en esas imágenes.  Al cabo de unos instantes, parpadeó. Abrió los ojos, tomo una escoba y se dedicó a recoger los trozos de cristal en que se había convertido el espejo de su vida.  

Se rió con ganas cuando recordó aquello de que siete años de mala suerte por…