Colgó los trajes que había escogido en las perchas a su derecha y empezó a desvestirse sin mirarse. Odiaba esos espejos de los vestidores con su luz fría y reveladora de todas las imperfecciones de su cuerpo y su rostro. Ahí, como por arte de una roñosa bruja se dibujaban las arrugas alrededor de los ojos, las manchas rojas de su piel, las pecas en el pecho cada vez más fláccido y las estrías heredadas de partos sucesivos.

 Ese maldito espejo era como la voz ladina de ciertas amigas, que por otra parte, no deberían llamarse así, cuando se reunían a tomar café y mordisquear tartitas.

 Pero el caso es que tenía ganas de comprarse ropa, vestidos, pantalones, camisetas, quizás una falda y por supuesto ropa interior suave y sexi - aunque no tenía amante que se la quitara a besos, o mordiscos -. Una sonrisa iluminó su rostro, además de la coquetería que significa comprar ropa, también lo hacía para huir de ese dolor de tripa constante en que se había convertido su vida, en los últimos meses.

 Ya no recordaba cuando había reído con todo el cuerpo, ni cuanto hacía que no levantaba la cara para recibir los rayos del sol, ni esos instantes eternos en los que se tendía sobre el océano para dejar que las olas mecieran su cuerpo; ya de amor o sexo, mejor ni hablar. También extrañaba el sabor placentero de la pulpa de mango deshaciéndose en su boca o la excitación de leer los libros que habían construido su mundo. 

 Se miró al espejo. Ahora era una estatua de piedra imitando a la mujer real que había sido y no encontraba la rendija por la cual escapó.

 Se puso un vestido ceñido al cuerpo, luego otro y un tercero con desaliento, luego probó con la ropa interior, después con los pantalones, con la falda… parecía que la ropa no estaba funcionando debidamente, o quizás estaba asistiendo a la agonía de un estereotipo femenino. Pero no se dio por vencida. Salió del vestidor con toda la ropa en los brazos para entregársela a la asistenta, dudando en darse otra vuelta por la sección de señoras o las ofertas antes de rendirse y volver a su casa, sentarse a oscuras, a apretarse la barriga con ambas manos, pues ya hasta el recurso de llorar se había deshecho en sus miserias.

 Entregó prenda a prenda sintiendo el tacto suave de aquel vestido que había llamado su atención en la vitrina, era de una seda especial que parecía acariciar más que cubrir zonas de piel sobrevivientes de sus naufragios. Dudando entre darse una vuelta más o huir, atravesó un vestidor más que estaba entreabierto y allí vio el mismo vestido que había desechado pero en color azul turquesa tirado sobre la silla, retorciéndose de tristeza y abandono. Entró sigilosa aprovechando la ausencia de la otra mujer que lo había llevado hasta allí. Rápidamente se desnudó, se probó el vestido y se miró al espejo. Una risa convulsiva explotó desde sus entrañas. ¡Qué bien le quedaba! Se supo guapa, más que atractiva, se gustó a sí misma, mientras veía desintegrarse los monstruos que le retorcían la tripa, su cuerpo era ahora más ligero, la mirada más decidida y unas chispitas de felicidad resplandecían alrededor de sus pupilas.

 Miró el precio del vestido, abrió su bolso comprobó en la billetera si tenía la cantidad precisa, pero cuando quiso quitarse el traje y ponerse la ropa con que había salido de casa, sintió la sensación de que esa no era su ropa. Ella jamás habría usado ese estilo, pero el golpe certero se lo dio la dependienta cuando le agradeció su compra llamándola por el nombre que aparecía en la tarjeta de crédito… bueno un nombre que no era el suyo.