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Después del vendaval y pasadas las primeras alucinaciones, se aferró temblorosa a sus hilos enclenques y desmirriados. Lentamente los recorrió para asegurarse de la magnitud de los daños.

Ante cada avería se lamentaba con la rabia girando alrededor de sus ojos, como si de esa manera fulminara al destino, a los hombres o cualquier fenómeno que hubiese sido la causa de su tragedia. Acto seguido se recriminaba, era inútil estar triste después de la catástrofe.

Después de esta reflexión se sacudía las patas y continuaba la inspección; con asombro reconoció que había trabajado bastante durante toda su vida, de repente tuvo conciencia de todo lo que había hecho y algo parecido a una sonrisa le calentó el cuerpo un segundo.

Reconoció por el camino los esqueletos de amores pasados, los fósiles de palabras y promesas ya caducas, de canciones que le gustaba desafinar e incluso aquellas de las que por un tiempo, pensó que se las cantaban a ella exclusivamente.

Otro calor en el cuerpo, parecido a una sonrisa.

También encontró restos de cosas ya desfiguradas por el tiempo, a las que no sabía qué nombre, género o recuerdo asignarle. Eran como pelusillas tiritando en un delgado rayo de luz, pero eran suyas o lo fueron en un momento de su vida, por eso estaban allí, aunque no las recordara.

Recorrió montañas, se mareó al borde de los abismos, atravesó la oscuridad, tembló bajo la lluvia y se aferró a sus hilos cuando el viento pareció convertirse en huracán arrasando lo que hasta ese día había sido su casa.

En cuanto pudo se aferró a la hilacha que colgaba del risco, sintió una cierta seguridad, un cierto placer. La roca era, en su hostilidad, algo recio a lo que aferrarse y podría ser un buen principio.

Febril, como siempre, se dedicó a ello con ahínco, se olvidó de los fósiles de su vida y de sus patas brotaron hilos nuevos, brillantes, relucientes y firmes, que se iban extendiendo sobre el abismo intentando alcanzar la otra orilla para construir un puente de doble vía. Todo un experimento, porque sus hilos tradicionalmente, se trenzaban en hexagonales.

Quizás esta vez fuera diferente.

Haciendo caso a su naturaleza dejó de pensar en todo lo demás, sacó lo mejor de sí, no se rindió; entretanto los hilos crecían, se alzaban ondulantes ante sus ojos, mecidos por la brisa cálida, pero los vientos son caprichosos, a veces van de sur a norte, como de oeste a este, sin fijarse en nada.

Así, enredada en su propios hilos pensó que no hay que estar triste, que quizá no sea lo que tenga que ser.