27 de Mayo, 2015, 6:38: GladysGeneral


Sus pensamientos se transformaban en imágenes pintadas en el muro corroído frente a su ventana. Ahí se dibujaba el cuerpo de una mujer concentrada en algo que estaba escribiendo. Las palabras, al principio parecían pequeñas, como motitas de polvo temblorosas que se iban alineando alrededor de su cabeza, luego empezaban a crecer, a tomar formas definitivas, el cuerpo de un hombre, por ejemplo.

Otras a pesar de crecer, se diluían en sus bordes, creando fronteras invisibles, que, sin embargo estorbaban o empequeñecían a los grupos formados a su alrededor.

También, algunas parecían tener la consistencia del mercurio pues rodaban con facilidad de un lado para otro, cambiaban en cuanto rozaban, tropezaban o eran golpeadas por las demás.

Esto es una locura, pensó, mientras la cara de una anciana aparecía en su mente, riéndose de ella. Pero no era un anciana, era la ancianidad de todas las mujeres del universo y su sonrisa no era de burla, sino de condescendencia.

La mujer pintada en el muro la miró fijamente, le devolvió palabra por palabra, naturaleza por naturaleza, consistencia por consistencia.

La mujer que escribía supo que debía dibujar ahora, que ese era el mejor momento para hacerlo, debía destacar algunos rasgos, borrar otros, colorear zonas, romper líneas, expandir el cuerpo para dar cabida a todo lo que entraba sin control.

Mientras su mano hacía y deshacía, la mujer del muro de enfrente lucía una amplia sonrisa, unos ojos de los que saltaban chispitas de alegría que iluminaban la metamorfosis de las palabras, su cuerpo se fue materializando, surgieron redondeces, pliegues, curvas, montañas y caminos. Con un largo bostezo se desprendió del muro de ladrillos y empezó a caminar sin ver como la mujer que escribía adquiría el color del mercurio mientras se deslizaba de la mesa tropezando con lápices, un cenicero, un blog de notas y la fotografía de la recia espalda de un hombre.

27 de Mayo, 2015, 6:34: GladysGeneral


Aquella noche de sus seis años, cuando le dijo a su madre que esa historia ya se la sabía, quedó grabada en su memoria. La sensación de pánico fue tal que se quedó en su cerebro para, según pasan los años, comprobar que sigue ahí, aunque esté a rebosar de recuerdos.

Eso no quiere decir que no haya vivido, algo hay que hacer con el tiempo que nos dan cada día, y en ese algo qué hacer, el pánico retoza entre sus neuronas esperando su momento.

Y su momento llegó mirando la tumba de su madre, con la certeza de que sus palabras, sus historias, ya no eran un puente entre el mundo y ella, sino que habían tomado el rumbo inverso aunque por un raro fenómeno habían perdido su condición de puente.

¿Dónde habían ido las historias que su madre le contaba?

A los seis años las palabras salen de la boca tal y como se construyen en la mente. Supo, por el gesto de la cara de ella, que le había dolido; ella que cada noche transformaba su historia para llevarla al sueño, de repente se daba cuenta que aburría a su insensible hija. Desde ese momento solo le contó historias de otras personas o de cuanto libro caía en su mano. Al principio le gustó el cambio, pero al cabo de un tiempo también empezaron a aburrirle y esquivó la rutina de ir al sueño de la mano de su madre.

Antes de mirar por última vez el rincón del cementerio aceptó el relevo, desde ese mismo instante vagaría por el mundo en busca de historias que contar a la humanidad.

Viaja con un cuaderno manoseado de países y de personas, absorbe cada sílaba escuchada a su paso. De vez en cuando, por ejemplo cuando el tiempo se deshace en sillas de trenes, ella pasea sus ojos por las historias escritas y se da cuenta de que son diferentes a las que entraron por sus oídos. No, no se engaña, los protagonistas, los hechos, los olores, las emociones que salieron de la boca de caminantes sin nombre se transformaron durante el recorrido entre su cerebro y su mano derecha. Por alguna razón el lápiz trazó historias con otras perspectivas, tomó giros inesperados con resultados bastante asombrosos.

El pánico se deshizo en su cerebro dejándole la certeza de que las historias no son nunca la misma, aunque se usen las mismas palabras o se extravíen al escuchar palabras insensibles quejándose.

27 de Mayo, 2015, 6:23: Gladysminirelatos


La vida es ese puzzle de cartón en la palma de la mano, que con el paso del tiempo se ha ido reblandeciendo.

Tal vez el sudor, los nervios, la angustia o la impotencia le obligan a cerrar con fiereza los puños, por eso no se da cuenta que está deshaciendo su vida.

Ahora ocupa sus manos con objetos, dejando el puzzle en el oscuro mundo bolsillo mientras se emborracha y si no tiene alcohol, busca por la calle efectos placebo.

Ultimamente, cuando la ansiedad estremece, sale de casa y se va a un bar. Coloca las piezas de su puzzle sobre la mesa. Bueno lo que queda, solo cuatro pedazos de cartón sepia.



27 de Mayo, 2015, 6:21: GladysAlaprima


Mi amor tiene dos heridas en la nuca.

Dos agujeros negros desbordados de sangre, ríos ardientes que abrasan mis dedos, derriten las uñas y devoran lo que palpita de mi cuerpo.

No hay gasa en el mundo para llenarlos. No hay metáfora que construya mundos en la nada, no queda nada, cuando se roba la infancia.

27 de Mayo, 2015, 6:11: LadypapaHablando de...



Soledad es el nombre de una mujer, de un barrio, es el matrimonio entre las palabras SOL y EDAD es la metáfora de nuestro sistema solar; soledad, estamos condenados a girar eternamente su alrededor.

Es también un estado de ánimo contradictorio, muchas veces nos desesperamos, la buscamos afanosamente huyendo de nuestras rutinas para poseerla. Cuando lo logramos, la disfrutamos, nos regodeamos en ella, la convertimos en aliada, pero de un momento a otro, la muy ingrata se vuelve en nuestra contra, se convierte en un monstruo que amenaza con devorarnos, saca a relucir sus afilados dientes y nos rasga de arriba a abajo. Soledad, monstruo salido de los pliegues de nuestra piel con el que tenemos que convivir mientras tengamos conciencia de nuestra propia existencia. Cargar con nuestros monstruos y aprovechar sus esporádicas mutaciones en queridas mascotas, parece ser nuestro destino…

Así, nos vemos de nuevo impelidos a buscar la compañía de otros seres humanos, anhelamos otras voces susurrándonos su calor cerquita de nuestras orejas, en esa insensatez, vestimos de añoranza las cosas que nos impulsaron a alejarla.

Soledad es sinónimo de contradicciones, es una mirada llena de interrogantes desde el otro extremo de la mesa, que a veces nos seduce, otras en cambio nos rechaza. Hoy es un rayo gélido en tu mirada, una desviación hacía el vacío, una rendición ante la realidad, una puerta que se cierra, sin embargo, casi simultáneamente, esos mismos ojos de pronto se derriten, se incendian, buscan, parpadean y eliminan distancias.

Sol y edad, siete letras poderosas, siete armas multiplicadoras de comportamientos manejando a su antojo nuestra pobre condición humana, letras que guardan la voluntad sometida por lo que nos queda de vida y quizás, cien años más.