Aquella noche de sus seis años, cuando le dijo a su madre que esa historia ya se la sabía, quedó grabada en su memoria. La sensación de pánico fue tal que se quedó en su cerebro para, según pasan los años, comprobar que sigue ahí, aunque esté a rebosar de recuerdos.

Eso no quiere decir que no haya vivido, algo hay que hacer con el tiempo que nos dan cada día, y en ese algo qué hacer, el pánico retoza entre sus neuronas esperando su momento.

Y su momento llegó mirando la tumba de su madre, con la certeza de que sus palabras, sus historias, ya no eran un puente entre el mundo y ella, sino que habían tomado el rumbo inverso aunque por un raro fenómeno habían perdido su condición de puente.

¿Dónde habían ido las historias que su madre le contaba?

A los seis años las palabras salen de la boca tal y como se construyen en la mente. Supo, por el gesto de la cara de ella, que le había dolido; ella que cada noche transformaba su historia para llevarla al sueño, de repente se daba cuenta que aburría a su insensible hija. Desde ese momento solo le contó historias de otras personas o de cuanto libro caía en su mano. Al principio le gustó el cambio, pero al cabo de un tiempo también empezaron a aburrirle y esquivó la rutina de ir al sueño de la mano de su madre.

Antes de mirar por última vez el rincón del cementerio aceptó el relevo, desde ese mismo instante vagaría por el mundo en busca de historias que contar a la humanidad.

Viaja con un cuaderno manoseado de países y de personas, absorbe cada sílaba escuchada a su paso. De vez en cuando, por ejemplo cuando el tiempo se deshace en sillas de trenes, ella pasea sus ojos por las historias escritas y se da cuenta de que son diferentes a las que entraron por sus oídos. No, no se engaña, los protagonistas, los hechos, los olores, las emociones que salieron de la boca de caminantes sin nombre se transformaron durante el recorrido entre su cerebro y su mano derecha. Por alguna razón el lápiz trazó historias con otras perspectivas, tomó giros inesperados con resultados bastante asombrosos.

El pánico se deshizo en su cerebro dejándole la certeza de que las historias no son nunca la misma, aunque se usen las mismas palabras o se extravíen al escuchar palabras insensibles quejándose.