Hay ciudades que parece que nacieron cuando nosotros lo hicimos, como si un cordón universal se alimentara de la misma savia, como si el impulso vital las llenara de las cosas que son indispensables para nuestra vida.

 Ahí está el aire, el cielo, los parques, los patios enmarcando nuestra existencia, pareciera lo más normal del mundo, hasta que un día cambias, te levantas con una cabeza nueva y te vas de bares, contemplas luciérnagas polvorientas sobre divanes corroídos, paredes desconchadas por encima de la espuma de la cerveza.

 Hastiado te largas a un sitio más tranquilo y normal, un restaurante de lujo con manteles blancos, donde una pareja, como cualquiera otra, come a gusto. Pero la ciudad no se rinde. Sobre el mantel empieza a caminar un ejercito de hombres diminutos con cabeza verde.

 Es la ciudad, diciéndote que puede cambiar, cuando tu lo haces.