Y cuanto lo envidio. A él y a su otro yo. Ellos si que pasaban tardes enteras en el parque hablando de lo divino y lo humano.

 Mi yo, en cambio, se pasa todo el día a mi lado enfurruñado, con malas pulgas, protestando por todo.

 Todos los días amanece de mala leche y se acuesta de igual manera; cosas como el colorido o el olor de la primavera, los cielos azules, el sol ardiendo al atardecer, no son más que efectos especiales de una absurda película llamada vida.

 Por mi parte, ya me cansé de intentar complacerlo, de argumentar teorías  o coleccionar pedacitos de felicidad para tratar de borrar ese gesto ceñudo y esa arruga en la frente. Incluso, he dejado de lamer mi helado de pistacho, con lo que me gusta. Y no, que no hay quien le endulce el carácter.

 Me cansé, me harté, y como lamentablemente, no lo puedo asesinar - si ya lo he pensado, además, he investigado sobre cómo hacerlo - he decidido ignorarlo.

 Sí, que sí. Ahora tomo cada uno de mis días y lo lleno con mi letra torcida, con dibujos de caritas felices, con voces suaves y caricias robadas por las calles.

 Él, mi yo,  se  retiró a vivir en una lata de conserva, bañada con la amargura de su hiel hasta que la parca nos separe.

 Total, también se pueden vivir los días con medio ser muerto. Es como tener callos en los pies.  A veces te duelen, pero el agua caliente alivia.