Todas las historias son verdad, todos sus suspiros saben a café, huelen a ella. Él no quiere que sea así, pero todas las mañanas la saborea sin querer.

Ella, por su parte también desayuna su olor mordiendo el cruasán.

Eso piensan, cada uno en su mundo, situado a cientos de kilómetros uno del otro. Ninguno de los dos sabe lo que está pasando, lo que les duele en el fondo de su corazón y ahí están, como el aroma del café, una sonrisa, una mirada, el olor de un cuerpo y la vibración de una palabra en la oreja. Y no hacen nada.