Llego a su edad adulta sin hacer balance de sus actos, convencido de que era un feliz despreocupado, uno de esos seres a los que los interrogantes o los absurdos ignoran dejándolo en paz años y años, hasta que un día se tropieza con un cesto lleno de apetitosos tunos. No resiste la tentación, escoge el que le parece más jugoso, mientras la boca se le derrite en la antesala del placer, escucha las recomendaciones de la vendedora para librar al fruto de sus espinas y comérselo a gustito.

Escoge con cuidado el sitio, desenvuelve el fruto, empieza a quitar la primera piel con las espinas más grandes mientras sus manos se van empapando del jugo y su paladar le apremia. No es capaz de darle tiempo al tiempo y empieza a comer. Nunca sintió un placer tan intenso como en el momento en que el ácido y la pulpa ocuparon su boca.

Más tarde, seguía sentado contemplando el mar, intentando contener las lágrimas sin definir hasta que punto su dolor provenía de esos labios inflamados, amoratados y calientes, o del recuerdo de su último amor. Ahora, sobre la línea del infinito mar los dos dolores eran uno solo y él era el único culpable. La vida le había regalado la mujer más maravillosa que jamás habría podido encontrar y él, no sabía que estaba revestida de diminutas espinas.