Desperté en mi cama, cubierta con la manta de siempre, el libro sobre el piso cerca de mi cabecera. Parecía un día normal. Un alegre y luminoso sábado. Me incorporé y sentí un agudo dolor de cabeza, como si algo en mi cerebro hubiese explosionado impulsando mi cuerpo sobre la cama otra vez.

Cuando pude abrir los ojos, en el techo blanco se formó un interrogante. ¿Qué había hecho la noche del viernes?. Recordaba que estaba en un lindo restaurante comiendo con un amigo, allí probé una cerveza nueva que me recomendó el camarero, luego la plaza y la gente bebiendo en la calle.

También tus ojos, o mejor la manera en que siempre me miras. ¿Estuviste allí? No lo sé. Sólo recuerdo que giré mi cabeza a la derecha y ahí estabas mirándome.

Han pasado horas, ya la cabeza no me duele, pero anhelo recordar a dónde me llevaste prendida en tu mirada.