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            La gran cena

            ¡Ehhhh! - Exclamó con una risa tímida - Sí, la verdad es que ha veces hago cosas como esas, ya me dirá usted, a mis años, pero las hago y sí, le voy a contar, aunque no creo que a sus lectores les interese; quizás decida borrarlo de su grabadora, pero aquí va.        

          Trabajo en una empresa multinacional y los viernes para una mujer sola pueden llegar a ser una tortura, sabe, la víspera de todo un fin de semana, ¡ufff!. Yo ordinariamente llevo bien mi soledad, sin embargo dentro de mis tripas vive un pulpo despiadado y hambriento, que cuando se despierta me hace mucho daño. Me da miedo.

            Ese viernes llegué a la oficina y mi jefe en cuanto me vio me trajo un montón de ordenes de trabajo. Al principio me agobié, pero luego me dije a mí misma. Vale, ahogaré la ansiedad con trabajo y me olvidaré de este vacío. Empecé a revisarlas para ver cuales eran las más urgentes, sin embargo, el pulpo se despertó y me agarró entre las piernas, mis carnes temblaban, luego la barriga e incluso el corazón, palidecí y empecé a sudar. Mi jefe al verme se asustó. Me dio el día libre - cosa rara, él no es muy atento con esas cosas, así que salí de la oficina y me fui al supermercado.

            ¿Qué por qué?

            Ya verá usted, una mujer sola no suele hacer compras grandes, pero yo necesitaba preparar una gran comida para una familia numerosa - que quede claro, no tengo a nadie a quien cocinar - Perdí la razón, escogí carnes, especias, aceites, aceitunas, verduras… el carrito del super estaba a punto de desbordarse.

            Ya en casa, recogí mis cabellos, me puse un delantal y empecé a cocinar. Piqué un montón de cebollas mientras escuchaba viejas canciones de amor para poder llorar a gusto durante todo el día. Preparé un lomo al trapo que estaba para chuparse los dedos, acompañado con patatas al horno, una ensalada, creación mía con mezcla de naranjas y aros finos de cebollas, luego un postre delicioso… bueno es una receta de mi abuela que me vino a la mente de repente.

            Mientras trasegaba por la cocina cree un escenario para mi vida imaginaria, me inventé un marido cariñoso, guapo, que me adoraba por encima de todas las cosas, luego cuatro hijos, tres chicos y una chica de edades diferentes, con su acné, sus rebeldías, sus músicas imposibles, incluso con sus rencores hacía los padres, la sociedad, la religión y todo cuanto se me iba ocurriendo.

            Me escuché hablando con ellos, tratando de comprenderlos, aconsejándoles, sugiriéndoles ropas o actividades. Rebuscaba en mi memoria referentes que me llevaran a conclusiones valederas, incluso ojeé internet unas cuantas horas. Necesitaba con urgencia argumentos para barrer la mierda de mi vida.

            Volví a la cocina, saqué la carne del horno, mientras mis manos la decoraban, mi mente construyó a "mi hombre", le atribuí cualidades y defectos. No me gustan los ideales de perfección, sé amar los defectos, o al menos soportarlos, le asigné color a sus ojos, arruguitas a su rostro e incluso una barriguita incipiente, como deben ser los cuerpos de los hombres en su edad madura. También gustos, creo que le gustaba el jazz, la cerveza y abrazarme cuando estaba ocupada en otros quehaceres.

            Puse la mesa y en medio una jarra con flores.

 

            - ¿Qué hizo con toda la comida?

 

            Ella soltó una carcajada, se cubrió el rostro con las manos y luego me miró como dudando entre contármelo o no.

 

            Reservé una ración de todo lo hecho para mí, luego la empaqué muy bien y la lleve a un comedor comunitario. Ese sábado viví mi vida imaginaria