Resultado de imagen de desayunos alemanes


La gran cena II

Risas nerviosas - Sí, a aquella gran cena, siguieron otras comilonas. Un domingo me inventé un desayuno, todo un gran Frühstück, como lo suelen hacer en Alemania, cuidé todos los detalles, me compré el champan más caro y eso que no me gusta mucho; también tartas, queso, jamón, fruta, hice yoghurt casero - qué diría mi madre si me viera tan aplicada para la cocina, nunca preparé un huevo frito - ah, hice incluso mermeladas caseras. ¡Juas!

Por su puesto mi imaginación sentó a la familia en pleno a la mesa. Esa vez no inventé problemas, quería que toda la escena fuera dulce. El caso es que ese domingo fue armónico, el amor chorreaba por el mantel, cada uno de mis hijos tenía una historia propia, un libro que había leído o una película que había visto y hablaban de sus experiencias. Mi marido, por supuesto era el centro de atención. Planeamos una excursión en familia con una hoja de ruta incluida.

Necesitaba que todo fuera felicidad porque esa mañana me había descubierto unas arrugas alrededor de la boca y había perdido una muela. Sí, la realidad contenía una dolorosa visita al dentista y una costosa crema hidratante para detener el tiempo alrededor de mis labios.

Era raro inventarse un hombre, porque en mi vida real no existía ni siquiera alguien que me gustase de forma especial o llamara mi atención. No, en este caso no era el hombre, más bien era la familia y el aura que la envuelve.

-¿Llevó también ese desayuno al comedor comunitario?

- Sí. Creo que los hice felices durante unos meses. Todo lo que duró aquella locura.