Sus dedos se movían dentro del bolsillo. Solo se permitía especular sobre su contenido a través del tacto; hilos, pelusilla, una bolita de papel - quizás el envoltorio de algún chicle - un trozo de algún billete de viaje a quien sabe donde.

Su atención se centraba en dos focos: la calle, no mejor dicho el acto de atravesar la calle en el momento en que el semáforo se lo autorizara y el otro, un algo que tenía en su bolsillo, pero que se negaba a identificarse.

Eso le intrigaba, últimamente su vida parecía haber tomado un rumbo bastante definido. En el mapa de su destino había estaciones muy claras y sin embargo, entre parada y parada existía una nada que era preciso atravesar. No sabía cómo, ni si sus zapatos aguantarían, o si su piel o su cerebro. Aunque fueran nadas, producían miedo en su corazón.

Eso lo sabían muy bien sus dedos dentro del bolsillo, pero ellos no sabían leer el Braille de la nada que lo habitaba y el semáforo parecía congelado.