Insisten los profesores de artes en que todo nace de la mancha, del caos y el sinsentido, dicen que es el punto de partida para llegar a alguna parte. Ese principio brinda a los alumnos un pretexto para enfrentarse a la inquietante página o lienzo en blanco, esa nada imponente que es capaz de anular la inteligencia - el miedo es un arma letal - así, cuando el artista ensucia el lienzo o la página, se ve ante la inminencia de observar. Éste se toma su tiempo, mira esa mancha sobre la superficie limpia y las preguntas empiezan a abrirse paso en su mente, ya sea en forma de sombras caprichosas que, vistas con los ojos entornados adquieren rostros interesantes, o texturas plenas de sutilezas, es ahí donde empieza la obra. El resto es trabajo, dedicación, tiempo y paciencia. 

Esto es lo maravilloso del arte, te obliga a observar, a darte tu tiempo, te pone frente a frente con los miedos, las angustias, lo aprendido y la necesidad de re-aprender. 

La observación conduce a la humanidad a reflexionar sobre su pasado, su condición actual, y sus posibilidades de futuro; impulsa a los seres humanos a sobrepasar metas sopesando en una balanza imaginaria el mundo concreto y el abstracto que todo ser humano lleva dentro de sí. A partir de ahí, está en nuestras manos crear lo que seremos capaces de hacer con ese tiempo que llamamos vida. 

Sin embargo, la sociedad, con sus afanes diarios ha llenado los cerebros de tal barullo de cosas reemplazando lo abstracto, limitando nuestra vida a la cantidad de objetos que poseemos, hemos desarrollado bestialmente el sentido del tacto hasta el punto de que consideramos que solo lo que podemos abarcar con nuestras manos existe, lo demás son ilusiones, migajas que hay que esconder debajo del mantel. 

Lo peor de todo es que en el fondo nos damos cuenta que no somos felices, elegimos mal a nuestros gobernantes, firmamos contratos vejatorios, miramos para otro lado en casos de violencia, nos refugiamos en nuestros pequeños mundos para no ver lo que sucede a escasos centímetros de nosotros, tenemos miedo de involucrarnos, de comprometernos. Nos enseñaron a vivir con los ojos cerrados fingiendo que los tenemos abiertos, y no tenemos conciencia de que el OTRO existe a nuestro lado y que ese otro también tiene sentimientos, derechos y libertades que chocan una y otra vez con las nuestras. 

Esta es la paradoja de nuestro tiempo, por un lado se valora la observación, el análisis, el pensamiento, la libertad, pero por otro lado el afán de poseer crece hasta el punto de anularnos, el resultado: una sociedad insatisfecha, amargada, resentida mordiéndose la cola eternamente incapaz de romper el círculo vicioso que la está conduciendo  a la aniquilación. La humanidad en estos momentos se halla frente a la gran mancha, lo que salga de ahí depende de ella. ¡Nada más!