El estaba convencido de que lo estaba haciendo bien. Cuando empezó, se alegró de tener la experiencia adecuada para emprender ese viaje.

Otro factor a su favor era el placer. Siempre había sabido que si se está a gusto con algo, hay más probabilidades de que todo tenga un final feliz.

¿The end?

¿Por qué no había pensado en eso? ¿cómo se le había pasado ese simple pero vital detalle?

Resulta que ese detalle estaba detrás de su sonrisa, en los silencios breves de sus conversaciones, en el trayecto de sus dedos recorriendo sus venas.

Y no podía dormir.

Y no podía comer

Y tenía ganas de vomitar.

Una mañana pensó en buscar una solución, se estrujaba el cerebro buscando una salida. Tenía que construir una ruta para un buen regreso después del final.

Sí. Un seguro positivo, placentero y definitivo final.

Inventó palabras, situaciones, paisajes, tonos de voz, canciones, comidas, atmósferas y las fue coleccionando; las guardó en los bolsillos y emprendió el camino con la cabeza en alto, los hombros echados hacía atrás y la barbilla firme.

Al cabo de una hora el cansancio doblegó su cabeza, hundió sus hombros y su barbilla empezó a temblar. Para aligerar la carga con su dedo índice agujereó los bolsillos y dejó que su colección de talismanes fuera cayendo lentamente hundiéndose en el polvo de su existencia.