Casi nunca lo ve venir, acaso podríamos atrevernos a decir que lo presiente.

A veces, ni siquiera lo imagina.

Se toma su tiempo para intentar hacer un esbozo mental del aspecto que podría tener, pero el dibujo es sólo una raya en medio de una hoja en blanco o una mancha sobre papel sepia.

Garabatos infantiles, manos de niño inexperto, garabatos de humano ignorante o garabatos de anciano resignado a su suerte ciega.

Una vez - la única - lo vio en la calle, se le acercó y se quedó por muchos años a su lado. Las demás ocasiones fueron espejismos, un modelo blanco, demasiado refinado para sus toscas manos, otra vez, un corpulento árbol, al que nunca pudo dar la vuelta para descubrir su otro lado.

Garabatos y espejismos, hombres de espaldas, ciegos o etéreos.

Alguna vez caminó muy cerca del precipicio, alguna vez vislumbró lo que podría llegar a ser, sin embargo, sólo fue otro garabato dibujado en el vaho de su ventana.