A él le gustaban las flores, lo enloquecían, lo transportaban a paraísos donde el placer era el rey y nada malo podía sucederle en esa Itaca que su cerebro creó entre los pétalos de ellas.

Todos los días planeaba su ruta, consultaba su agenda particular, organizaba excursiones para ir a buscar las más bellas, más exóticas o raras para tomarlas y dormirse a su  lado.

Otras veces, las menos para pesar suyo, sucedía que eran ellas quienes lo seducían desde sus jarrones propios. Y ese instante era la guinda de sus placeres.

Si alguien le preguntaba por qué le gustaba vivir rodeado de flores, él respondía que ello obedecía a una falta de belleza en los inicios de su vida - ya larga -.

En el fondo, su Itaca se hundía y él lo sabía, pues estaba llena de recovecos oscuros, que, cuando se sentía con valor inspeccionaba minuciosamente.

En uno de ellos encontró una flor de loto, en el segundo una orquídea, en el tercero un anturio, en el cuarto una flor de mundo, luego margaritas, azaleas, girasoles, pensamientos e incluso dientes de león, tan frágiles y abundantes para contrarrestar.

No había nada más, sólo flores y no sabía qué hacer con ellas, pues no era capaz de escoger. En un desesperado intentó las cortó, formó un ramillete y volvió a su casa.

Buscó entre sus armarios inútilmente. No tenía un cuenco donde ponerlas.