Si metemos nuestras normales narices en la enmarañada trama del poder no cabe duda de que saldremos escaldados, atónitos y tremendamente frustrados ante la solidez de esa tela de araña - ahora llamada carrusel - que ha logrado construir generaciones de individuos títere de los que se vale para disfrutar de sus feudos como reyezuelos de caricatura.

Hombres y mujeres sin conciencia y sin valores que no dudan en clavar su aguijón cuando ven amenazados sus territorios de poder, así, la sociedad está contemplando un reality show de acusaciones mutuas con un 100 por ciento de audiencia a la expectativa de saber no ya quien está metido en el ajo, sino por la curiosidad y la débil esperanza de que haya alguien honrado, al menos uno, que nos devuelva la confianza en la humanidad y en nuestro sistema político.

Al negocio de la salud, de las basuras, del reciclaje, la minería, las obras civiles, los tejemanejes para consecución de votos, contratos, prebendas, pensiones, casas, carreteras, se le suman los deportes, licenciaturas, jueces y abogados y en este galimatías no se encuentra fácilmente a nadie que no haya sido tocado y tentado por el olor del dinero.

En los últimos capítulos de este show mediático hemos podido contemplar una nube de dedos acusadores, que han pululado como moscas revoloteando en las inmediaciones de la fiscalía general de la nación, gritando nombres a diestra y siniestra con el vano intento de exculparse mientras citan nombres, circunstancias, fechas, cantidades astronómicas de dinero, exhibiendo pruebas implicando en una eterna letanía a todo aquel que está al alcance de su dedo acusador.

la avalancha de información parece desbordar las instalaciones de la fiscalía y los investigadores se han puesto a la tarea de armar ese puzzle de nombres y cargos públicos que implican no solo a una persona sino a todo su entorno, desde familiares hasta colegas de despacho en una tarea digna de súper héroes, mientras los ciudadanos vemos menoscabados no solo nuestros recursos sino nuestra inteligencia. Nadie puede sentirse indiferente ante lo que está sucediendo, es vergonzoso e indignante contemplar ese carrusel de acusaciones que semeja los circos romanos en pleno siglo XXI.

Nuestra decadencia es ya irremediable, esta sociedad traga entero todo lo que le pongan en pantalla, como si no tuviésemos bastante con el fútbol, las reinas de belleza, la lucha libre, los macabros capítulos de mil maneras de morir, la elección del papa, los entierros de presidentes, tenemos que ver en nuestros ratos de ocio las acusaciones verduleras de todos los implicados en este carrusel del yo acuso, tu acusas, nosotros acusamos y vosotros la guindáis.

Dicen que no hay mal que dure cien años, pero me temo que, si esto llegara a suceder, no habrá ya cuerpo que resista tal locura, a menos que triunfe la inteligencia.