Sonríe como le enseñaron los maestros, baja un poco los párpados y cuenta hasta diez antes de hablar. Escoge las palabras apropiadas y en cuanto puede se escabulle para estar unos segundos a solas.
Ultimamente le ocurre esto con bastante frecuencia. Las palabras que salen de las bocas de los humanos caen como cadáveres rotos sobre mullidas alfombras de todos los colores.
En sus momentos más pesimistas cree que este es solo en principio de lo que va a suceder más adelante.
Mira con angustia por la ventana y decide salir por ella, elevarse hasta el ombligo de la luna mientras va pensando en qué va a hacer.