Resultado de imagen de mesa de poker ilustrada

Nunca le había pasado y por eso no sabía cómo actuar ante tal situación. tampoco poseía los secretos del juego, ni era diestro en estrategias; lo único que sabía era que le hubiese gustado tener el don de retroceder en el tiempo para no haber dado ese paso. Lamentaba haber aceptado jugar con tahures expertos. Sí, fue una temeridad, pero ya no había marcha atrás.

Ante sí tenía dos opciones - retirarse o seguir -  claro, ninguna de ellas era muy halagüeña.

Con esas elucubraciones intentaba ganar tiempo, miraba a los ojos a los contendientes evitando demostrar su ignorancia e imaginando que de sus ojos salían dos taladros invisibles que tenían el poder de perforar la barrera tras la cual escondían su juego, cualquier truco era válido para disimular el  pánico que sentía; además del taladro en su mente emergieron viejos trucos aprendidos en otras lides, los examinaba uno por uno tomándose su tiempo, cuando en realidad debería estar pensando en la siguiente jugada y analizando sus posibilidades.

Tendría que centrarse, no estaba en un escenario imaginario, lo real era un cuarto a media luz lleno de hombres ladinos dispuestos a ganar a cualquier precio. El tiempo jugaba en su contra, tarde o temprano se rendiría irremisiblemente en un charco de humillación pestilente.

Dejó de mirar a sus rivales, se centró en las cartas que tenía en sus manos. La cosa no pintaba bien. No tenía nada. Nada.

¿Debía abandonar?

Quizás era el momento de hacerlo, pero tampoco tenía el valor. Estaba haciendo el ridículo, bajó la cabeza. Sí. Se rendía, dejó las cartas sobre la mesa con los estremecimientos propios del moribundo.

Miró a los demás. Estatuas insensibles ante su derrota, sin embargo ellos si que habían sabido mantener el tipo hasta el final, aunque en esos ojos de piedra, en el último instante él vio que ellos tampoco tenían nada, pero ese descubrimiento no lo hizo feliz.