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Publicado el 10 de Julio, 2008, 16:00.
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Tengo Media hora libre,
debo darme prisa, necesito concentrarme en lo verdaderamente importante para
poder llenar esos treinta minutos de manera provechosa, interesante, y
sobretodo, satisfactoriamente para mis clientes, mi empresa, mi jefe y… para mí.
Un momento, ¿por qué yo en último lugar?,
no debería ser primero. Ya la gente me ha dicho que no me quiero mucho,
que pienso siempre en los demás y me voy conformando con miguitas, siempre a la
espera de una gran oportunidad, de la gran oportunidad, pero ésta parece que
nunca llegará. Pues no, no señor, estos
treinta minutos serán para mí. Ya basta de pensar en todos los que me rodean,
siempre he sido así y muchas veces me he arrepentido, si estaba con mis amigos,
nunca les dije mi opinión personal para no indisponerme con ellos, jamás le
protesté a mis profesores, cuando yo sabía que estaban equivocados y en mi
mente surgían los argumentos para rebatir sus teorías, pero me quedaba en
silencio, no quería polémica, si yo me
ponía a discutir, ellos alegarían argumentos a su favor, yo expondría los míos
en contra y entre tanto mis compañeros de clase me maldecirían por alargar la
hora, tampoco le puse los puntos sobre las ies a mis padres cuando nos
peleábamos en mi época de las erupciones adolescentes. Ellos eran viejos y no
me entendían, entonces para qué cabrearlos. Qué creyeran lo que les diera la
gana, total yo casi siempre lo hacía.
Después
fueron los jefes, ellos mandaban, y nos pagaban, unos años después mi pareja…
coincidíamos en todo, éramos la pareja perfecta, eso no solo lo pensaban los
amigos que nos rodeaban, sino nosotros. Éramos felices, no discutíamos nunca,
los días pasaban de largo llevándose la tersura de la piel y unas cuantas
muelas. No sé por que estoy pensando en esto, justo antes de llegar a la
oficina mientras camino por la carrera quince mirando las vitrinas, deteniéndome
ante las agencias de viaje mirando ofertas turísticas, luego ante un almacén de
ropa, miré los maniquís, la ropa expuesta, las costuras, los botones, los
pliegues o accesorios, unos veinte pasos más adelante una joyería llamó mi
atención, se trataba de un local de esos en las que uno jamás se imagina
traspasando sus puertas. Tan iluminada, tan limpia pero sobre todo con ese aire
elegante y lujoso que se yergue ante los pobres como una valla eléctrica
invisible. Los brazaletes relucían en sus aterciopelados estuches, los anillos
destellaban, los collares caían suavemente por escalones majestuosos creados
por un genio del de la decoración publicitaria a mil leguas de distancia. No,
no se crean que sentía envidia, simplemente miraba un mundo ajeno al mío, un
mundo al que no envidiaba ni deseaba… no tengo especial predilección por las
joyas, ni por los lujos, pero ahí estaba yo mirando la vitrina con su profusión
de diamantes, zafiros y esmeraldas. Al fondo, en el centro del local, una
pareja elegante daba vueltas por entre las estanterías de las joyas, se
detenían, se agachaban, la chica se reía y le sonreía al hombre, éste no
ocultaba sus ganas de comérsela enterita y sin cuchara. El dependiente, un
hombre también elegante les sonreía, se afanaba en exhibir sus mejores joyas,
siguiéndoles sus pasos y estudiando todos sus gestos con mucha discreción.
En
un momento dado, la chica tomó un hermoso collar, hizo ademán de colocárselo,
diligentemente el dependiente le dio la espalda para alcanzarle un espejo, en
ese segundo el collar se deslizó de la mano de la chica y cayó entre sus senos,
de la otra mano surgió otro collar muy parecido, al menos eso me pareció y su
compañero intentó cerrarlo en la nuca de la joven. El dependiente sostenía el
espejo sonriendo, la joven sonreía, el caballero también, ese trío habitaba un mundo feliz, yo en cambio
sentía la cara ardiendo, mi corazón latía aceleradamente. Eran unos ladrones.
Unos ladrones como en las películas. Mis manos sudaban, el corazón parecía
querer abandonar mi pecho, en mi cerebro resonaban voces como: avisa al
dependiente, denúncialos, no permitas que estafen a ese hombre, o simplemente
grita: ¡ladrones!, ¡policía!, ¡haz
algo…! Pero no hice nada, di la vuelta y caminé despacio hasta la esquina, me
senté en el quicio de una ventana, encendí un cigarrillo.
Cuando
iba a apagar la colilla los vi salir tranquilamente, riéndose se subieron a un
elegante coche que los esperaba en frente de la joyería.
Volví
a la vitrina, el dependiente sonreía
satisfecho por la venta mientras acomodaba los collares, di la vuelta, entré a
mi oficina a disfrutar de esos treinta minutos que… no había caso, mis treinta
minutos se habían esfumado.
Por: Gladys
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Publicado el 27 de Junio, 2008, 11:39.
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Las
olas se acercan a mojar sus pies, van horadando la forma de su talón en la
arena mientras ella las contempla en silencio desde la lejanía, donde su mirada
elige la ola más profunda, más azul, más consistente, se pega a ella mientras
sigue su curso irremediable, ve como se encuentra con otras olas a las que
absorbe, la ve crecer, alzarse orgullosa sobre las demás, rugir de alegría ante
la proximidad de la playa para finalmente romper poderosa contra sus pies;
luego retrocede con prudencia no sin antes hacerle una última venia y después
muere de nuevo devorada por el mar.
Entonces
ella vuelve de revés los bolsillos de sus jeans, alisa la arena y va colocando
uno a uno todos los hilos de colores que ha recogido durante el día.
El
rojo por ejemplo lo encontró en la zona antigua de la ciudad, justo en medio de
la calle angosta que han delimitado para las vendedoras de sexo, recuerda que iba
distraída mirando los pechos de una mujer madura, que se hallaba ante una
ventana, esos enormes globos parecían a punto de reventar e inundar la calle
entera, luego su mirada se detuvo en el rostro de la mujer y no la encontró
particularmente guapa, al contrario, era más bien feilla, tenía la piel del
rostro manchada, seguramente secuelas de algún embarazo, y la piel ya empezaba
a escurrirse por sus carillos. Y pensó en el amor que vendía esa mujer, en las
caricias que ofrendaba y sintió envidia cuando un hombre, igualmente mayor y
deteriorado se le acercó y la besó exhibiendo una extraña ternura.
El
verde, fue cerca de un colegio, los chicos salían en tropel, se empujaban y
reían despreocupados, los más pequeños corrían a los brazos de sus padres que
los esperaban y los más jóvenes se lanzaban miradas llenas de deseo.
El
azul, en una zona comercial, tan impersonal como las marcas que exhibían las
vitrinas de los fríos almacenes, tan lejana como la mirada de los maniquís, una
zona que a ella particularmente no le gustaba mucho frecuentar pero que ese día
se había visto obligada a acudir para acompañar a su hermana, que si flipaba
con los centros comerciales…
Y
así, mientras iba sacando los hilos para ponerlos sobre la arena, iba
recordando el lugar donde los había encontrado, la situación especifica y hasta
los rostros de las personas que vio en cada momento y de ellas extraía su
mundo, raptaba sus cotidianidades para guardárselas en el cerebro aderezándolas
con cuanto detalle doméstico le revelaban los rasgos de aquellos rostros, las
arrugas de aquellas pieles, los tonos de los cabellos, el timbre de sus voces,
incluso hasta el olor de sus cabellos o de sus cuerpos hasta formar una galería
humana infinita como el mar ante el que depositaba sus tesoros.
Toda
esta actividad le llevaba la tarde entera y sólo abandonaba la playa ya muy
entrada la noche, porque incluso, algunas veces la luz de la luna llegaba a
añadir más sentimientos a su colección de hilos de colores. Finalmente, cuando
el cansancio o los guardias de la playa empezaban a hacerse demasiado
impertinentes, ella decidía emprender el camino de regreso a su casa. Se acostaba
y dormía profundamente, con la extraña satisfacción de hastío que producen las
tardes enteras en familia.
Por: Gladys
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Publicado el 14 de Junio, 2008, 7:06.
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¿Por
qué no soy capaz de vivir unos segundos sin ti? ¿Por
qué saltas a mis pensamientos intermitentemente como las pelotas del pin ball? Si
estoy despierta apareces a mi lado o te metes en mi barriga. Si
sueño, te deslizas por mis pestañas y apareces en la mitad de la montaña que
justo, voy a escalar, o colgado de la luna que alumbra mis fantasías. Si
camino por las calles, saltas entre las baldosas, jugueteas de rama en rama,
apareces tras de mi cabeza en los cristales de las vitrinas y juegas con los
rostros muertos de los maniquís. Estás
ahí, siempre estarás ahí y apenas hoy me doy cuenta de lo afortunada que soy,
pues a diferencia de los demás mortales, soy la única mujer que posee dos
sombras.
II
Esta
noche he recobrado el placer de andar, recuerdo perfectamente todo lo que sentí
justo antes de tal acontecimiento. Mi
cuerpo gravitaba sobre las luces de la ciudad, no podía abandonar esos
atardeceres bogotanos y aunque mi partida ya se estaba retrasando, aunque por
algunos instantes la gama de colores se enturbiara, no podía abandonarla,
debían esperarme un poco, darme tiempo para asimilar la separación, ¿acaso no
entienden lo duro qué es abandonar lo que nos ha acompañado por años? Pero
mi deseo era una brizna de polvo ante la inmensidad, mi ciudad, sus luces, sus
murmullos, sus gentes, sus olores, sus alientos, empezaron a materializarse en
una sustancia viscosa que se abría paso como un enorme torrente formando
caminos sinuosos a mi alrededor; las montañas mutaban en areniscas asfixiantes
mientras la luna iba alumbrando el caos imponiendo su impronta de plata en el
universo; en ese momento mis piernas volvieron a agitarse, se irguieron firmes
dibujando sobre el paisaje lunar mi cuerpo y sus dos sombras, los tres empezamos a vagar por el universo recién
estrenado, redescubriendo una nueva dimensión en las motas de polvo que nos
rodeaban. De repente, una pequeña piedra ya no era una piedra, sino un mundo
que cabía perfectamente en la palma de mi mano, las farolas de las calles
dejaban de ser un invento de este siglo y se convertían en las proyecciones de
mi cuerpo dividido en tres; la floristería de la esquina, la papelera a
rebozar, el restaurante oscuro donde los hombres se desgañitan en un intento de
cantarle a la inmensidad que ellos siguen siendo los reyes, en medio de los
vapores a ajo frito en la sartén de la doña. Y
mis rodillas cumplían su objetivo, y mis muslos obedecían, las plantas de mis
pies se colocaban una detrás de otra, plenas de sentir a su lado a sus dos
negros compañeros… Entonces
la vimos. Su
cuerpo descansaba apoyado junto a un carro que empezaba igualmente a derretirse
en la desembocadura de una calle ciega… Lucía
el mismo vestido que mi memoria guardaba desde que la ví por primera vez, hace
como quince años atrás, un vestido negro salpicado de flores blancas, diminutas,
los senos casi le saltaban del pecho amenazando con romper la tela y
desbordarse en un torrente de carne blanca, la falda, que apenas le cubría las
montañas de celulitis de sus muslos se levantó con un golpe de viento y en ese
segundo agradecí a la naturaleza el dejarme entre ver, al menos fugazmente y
por última vez, el pubis más experto del callejón ciego, en ese segundo imaginé
más que ví el vello negro como tibia pelusa entre las piernas. Imaginé la
calidez, la humedad, el olor… Pero
al levantarse la falda, lo que descubrí con horror fue un gran trozo de carne
rosada de piel de estómago colgándole sobre le pubis como una horrible enagua
de carne. Yo
quise avanzar, cerrar los ojos, seguir caminando indiferente, pero mis dos
sombras se negaron, rebeldes se aferraron al cemento y me impidieron seguir caminando, me clavaron en
el pavimento y cuando lograron reducirme a la inmovilidad, tuve la certeza de
que ahora yo formaba parte de aquel callejón ciego… Tener
dos sombras tiene su precio, y aún me están esperando, donde quieran que vayan
los muertos.
Por: Gladys
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Publicado el 30 de Mayo, 2008, 6:25.
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Toda
la noche estuvo repasando, como enloquecido, presa de temblores y escalofríos
por los resquicios de su memoria intentando recordar todo lo que le molestaba,
en esa inspección caían desde las coles de Bruselas que su madre y después su
mujer, le obligaban a engullir esgrimiendo razones totalmente absurdas, hasta su
timidez, rasgo que le había causado miles de dolores de cabeza, pérdidas
económicas y hasta el amor de su vida. En fin, que no podía ponerse a perder el
tiempo con los detalles, debía recordar cada cosa que le molestaba y apuntarla
en las hojas que tenía dispuestas sobre el escritorio.
Así
pasó toda la noche este buen vecino de barrio de clase media; buscaba entre
fotografías, escuchaba discos, corría hasta el escritorio y sacaba legajos
amarillentos del fondo de los cajones para descubrir allí periódicos viejos,
manifiestos escritos impulsivamente y llenos de tachaduras de la época en que
él y sus amigos redactaron las bases de un mundo feliz, pero el nerviosismo no
le daba tiempo de asimilar tanta vida, mientras abría el manifiesto, en la
mente se le aparecían las imágenes felices de algunos de sus familiares y
sentía que el pecho se le derretía de la envidia… envidia, eso también tendría
que anotarlo, entonces corría al escritorio y escribía casi ilegiblemente envvvidd
pero cuando su mano dibujaba la d, ya su mente estaba registrando la imagen de
su ex mujer con su mejor amigo y no podía terminar la palabra, empezaba con
cellloo y entonces el auto de su rival reemplazaba el rostro de su mujer, dejaba cellloo y garrapateaba coddicc; así se
le fueron pasando los minutos, las horas hasta que una tenue luz se filtró por
los resquicios que dejaba la gruesa cortina, heredada de su abuela. Rápidamente
recogió de cualquier manera los papeles, se los metió en los bolsillos de su
chaqueta y los que sobraban fueron a parar a los de sus pantalones, pasó una
mano sobre los cabellos medio grasientos de tanto repasárselos toda la noche y
salió de su casa, echó a correr por la ciudad mientras los transeúntes se iban
agregando al paisaje natural de una ciudad que se despierta temprano, todo eso
aumentaba su angustia, no quería que lo vieran en ese estado, no le convenía,
el trato era que absolutamente nadie presenciara su acción.
Al
cabo de una media hora llegó al borde de la carrilera del tren. Respiró
aliviado, había llegado a tiempo, aún el cielo permanecía oscuro y probablemente,
si la suerte lo acompañaba, nadie rondaría por ahí.
Tendió
los papeles sobre los raíles y los iba asegurando con cinta adhesiva para que
ni la más fuerte brisa los arrancara de su trágico destino. El tren debía
deshacerlos a su paso. Eso le había asegurado la maga, si algún papel no era
arrollado por el tren, los males volverían inexorablemente a su vida.
Terminó
su labor, se retiró unos cuantos metros para observar el paso del tren, que,
consultando su reloj, ya no podría tardar. Para matar el tiempo, repasó lo
escrito para convencerse de que no había olvidado nada, esa tarea logró
tranquilizarlo un poco. Estaba seguro de que había anotado todo, desde lo más
íntimo, eso que no nos atrevemos ni a decirnos a nosotros mismos, hasta las
cosas más prosaicas. Una vez que el tren con su poderío los deshiciera, él se
convertiría en un ser humano puro y feliz. Empezó a soñar con su nueva vida, su
mente se tomó el trabajo de crear unos minutos, unos segundos, un día y noche
del hombre nuevo, libre de todas las ataduras que lo harían tan infeliz en muy
pocos minutos. El tiempo pasó, los segundos se desgranaron sobre la humanidad
dando paso a las horas, la ciudad se vistió con el traje de todos los días, los
seres humanos que la poblaban salían de sus casas rumbo a sus obligaciones
cotidianas mientras nuestro buen vecino de barrio de clase media, esperaba que
el tren pasara, acurrucado bajo un letrero en el que la compañía de
ferrocarriles anunciaba la cancelación de esa ruta por falta de usuarios.
Por: Gladys
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Publicado el 30 de Mayo, 2008, 6:14.
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“No deje que la mente lo vuelva loco.”
“Si queremos crecer, cambiar, explorar
nuevas conductas y posibilidades en nuestra vida, si queremos dejar de hacer
cosas que no funcionan, hay que dejar de ser memoria…”
“Concéntrese en un único objetivo, elija lo
primordial y tráigalo a la mente cada vez que pueda”
“Imagine”, “decida”, “piense” “rodéese de
personas influyentes”, etc., etc.
Y uno escucha estas cosas de labios de aquellos
amigos más queridos, esos, por los que ponías la mano en el fuego
considerándolos libre pensadores y tienes que hacer de tripas corazón, pues no
quieres decepcionarte de ellos, tampoco los quieres ofender, pero en el fondo,
te rechinan los dientes al sentir que te han defraudado, no era eso lo que
esperabas que te dijeran. Cómo es
posible que ellos, a quienes considerabas tan libres, te suelten ahora esa
jerga de autoayuda populachera, no lo entiendes y tragas saliva intentando
poner cara de inteligente para soltar alguna frase que desvíe el tema sin pasar
por un mal educado corta rollos rompe pelotas. En esos
momentos darías cualquier cosa por recurrir al manual de instrucciones
(protocolo, lo llaman las ciencias modernas), o simplemente soñar que estás en
un reality y usas el control remoto de la tele cambiando el canal. Igual sucede
que te culpas por ello y pensamientos como no debí contarle, te atormentan toda
la noche. Pero si es una tontería, te dices, no debería preocuparme. No. eso no
funciona, uno siempre se queda rumiando esos no debería hasta que el despertador ulula por el cuarto. Entonces,
una vez que el despertador se ha silenciado, suena la alarma en tu interior. La
culpa no es de tus amigos, no es de esos brujos que exhalan frases de autoayuda
ya estén vestidos de hermanos cristianos o de catedráticos Honoris Causa de
alguna universidad salmantina, la culpa, en mi opinión, es de Dios o de sus publicistas que no
previeron una campaña de seguimiento a dos mil años vista, por eso ha perdido
participación de mercado llegando al punto de que un alto porcentaje de
consumidores lo ignora olímpicamente, eso es lo malo, ya ni siquiera se debate
si tenía o no razón, si existía o no, simplemente lo ignoran y eso señores es
lo peor que pudo haber pasado. Porque ahora
sin Dios que nos ayude en nuestras desgracias o, Paraíso pagado en cómodas
cuotas mensuales, nos sentimos solos, huérfanos, desamparados, perdidos e
indefensos. Por eso no sabemos qué hacer ni a quien recurrir para encontrar
sosiego, cosa que jamás reconoceríamos a los cuatro vientos para no dejar ver
nuestras debilidades. Cómo no vamos a tener el control, si hemos pasado como
una gran apisonadora sobre nuestra civilización, si hemos asolado pueblos
enteros simplemente porque no pensaban como nosotros ¿Hasta
dónde ha llegado la humanidad? primero eliminamos nuestra sabiduría intuitiva,
aquella que fundaba su existencia en el orden natural de las cosas, el rayo,
los truenos, las tempestades, huracanes, etc.; después creamos unos dioses:
Zeus, Hera y una pléyade maravillosa, a quien también le dimos la espalda. Una
vez nos cansamos de ellos, nos dio por crear la leyenda de Dios, Yavé, Mahoma,
Buda, etc., que también sucumbió a nuestro voraz apetito consumidor, con tan
mala suerte que éste también se agotó y seguimos solos, huérfanos, desamparados,
perdidos e indefensos, eso si, bien parapetados tras las teorías mágicas de
auto ayuda que me promete la portada de este libro que estoy a punto de pagar
en la librería más importante de mi civilizada ciudad.
La Dirección.
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Publicado el 17 de Mayo, 2008, 7:54.
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Desde que se despertó sintió que este viernes sería perfecto. Tenía el ánimo optimista, su cuerpo respondía a los estiramientos matinales de forma adecuada, un poco como agradeciéndole ponerlo a punto; el desayuno le supo delicioso y la ropa que decidió lucir era de lo mejor que contenía su armario. Al llegar a la oficina se enteró de que el jefe estaba de viaje, lo que significaba poco trabajo y le ahorraría el esfuerzo de disimular que se hallaba desbordado. Los compañeros también se hallaban de buen humor, bromeaban por cualquier cosa, las secretarias parecían más sexis que Angelina Jolie y en el ambiente se palpaba la expectación de lo que podría traerle la noche. Después del almuerzo lo llamó Manuel, su amigo de las grandes juergas, quedaron para ir al teatro a ver a una famosa cantante de jazz que estaba de gira por el país, luego irían a bailar con unas amigas y terminarían la noche… Cumplió toda la tarde con las pocas labores que le quedaban, incluso tuvo tiempo de actualizar el archivo de los recibos de caja menor, una actividad que detestaba, pero que ese día, incluso le causó placer. No jugó al solitario, y se asombró por ello, pero no tenía ganas - es un juego insulso y tonto - que sólo le sube la adrenalina cuando está el jefe pues tiene que estar pendiente de que no lo descubra. Jugar al solitario con absoluta libertad no tiene gracia, concluyó. Cuando dieron las seis, el sentimiento de libertad y felicidad fue tan abrumador que tuvo que esperar un rato frente al espejo para poder asimilarlo. Al cabo de unos minutos reconoció ese rostro como suyo, se supo atractivo, bien vestido, con dinero, aunque no le sobraba, no se quejaba y lo mejor: toda la noche de un maravilloso viernes por delante. Salió, fue al encuentro de su amigo. Caminaron por la Jiménez en medio de la humanidad que se apresuraba para empezar la noche, confundidos en sus millones de historias, como decía aquella canción del salsero famoso; entraron a un bar de la zona, empezaron a paladear el sabor de la cerveza mientras esperaban la hora de entrar al teatro, contemplando por la ventana el ir y venir de la gente, susurrándose apenas sucesos sin importancia que les habían ocurrido durante la semana que no se habían visto, pues la amistad con Manuel se reducía a las juergas, él trabajaba en una empresa de comercio exterior, cerca de su propia oficina, se veían sólo los fines de semana y lo pasaban bien, les gustaba la misma música, las mismas discotecas, además algún que otro evento, preferentemente musical, por eso iban esa noche al teatro Colón. Habían estudiado en la misma universidad, empezaron juntos el primer semestre, pero Manuel lo adelantó casi un año, cuando él perdió un semestre que lo obligó a actualizar asignaturas y ya no pudo alcanzarlo, desde esa época su relación se había estabilizado nutriéndose de los fines de semana, ¿Cuándo fue la primera vez que salieron juntos? Debió ser como en el noventa y nueve o dos mil, la fecha no la recordaba, pero si tenía y hasta saboreaba lo que hicieron, fue una noche lluviosa, de esas jartas noches bogotanas en que la llovizna empapa en cámara lenta todos los resquicios de la ciudad, habían salido de la universidad, se encontraron en un bar de chapinero con otros compañeros de la facultad y de pronto uno de ellos dijo que había una fiesta en Cajica, en casa de una buena amiga y que todos estaban invitados. Manuel y él por supuesto no la conocían, pero no importaba, los viernes uno es amigo de todo el mundo. Salieron del bar, caminaron hasta la parada de la flota y se encaminaron a la tal fiesta. El bus los dejó en la mitad de la población, pero nadie estaba muy seguro de dónde quedaba la casa, empezaron a dar vueltas por el pueblo hasta que sus pasos los llevaron fuera de la población y así, sin darse cuenta empezaron a caminar por un sendero enfangado, los zapatos se les quedaban pegados, las botas de los pantalones empezaron a pesarles y la llovizna ya les estaba calando las costillas mientras las luces del pueblo iban quedando a sus espaldas. Por estar mirando donde ponían los pies, casi tropiezan con un hombre montado en un burro que los contemplaba en silencio, totalmente estático en medio de la noche y bajo la lluvia. Cuando lograron espabilarse del susto preguntaron por la casa y el campesino los condujo hasta allí. Eso era todo lo que recordaba de aquella primera vez que salieron juntos, lo de después fue lo típico de una fiesta donde casi nadie se conoce, todo el mundo quiere aparecer simpático y se bebe más de la cuenta para olvidar las propias soledades. Ya es hora – le dijo Manuel – Se encaminaron al Colón, se confundieron con la gente y disfrutaban del ambiente mientras buscaban su lugar. Poco a poco la gente ocupó sus respectivos asientos y palcos, los murmullos se fueron acallando, las luces se atenuaron. Manuel se recostó en su silla y se relajó para disfrutar del concierto. Él, en cambio se sentía incómodo, parecía que la cerveza le había sentado mal, empezó a temer que la excesiva alegría de todo el día iba a terminar precisamente cuando la noche comenzaba tan bien. Su incomodidad se debía a un ardor de estómago, una llama en la mitad de su barriga le quemaba las tripas, que en su defensa, se endurecían duplicando su tamaño y por lo tanto, inflaban su estómago. Tuvo que desabrocharse el primer botón del pantalón y ni aún así alivió la presión. Disimuladamente se daba masajes sobre la barriga y por algunos instantes el dolor desaparecía pero era un alivio muy fugaz, en menos de un segundo éste le atacaba con más virulencia; entre tanto una luz se encendió en el centro del escenario descubriendo a una hermosa mujer rubia vestida con un traje de color plata que se inclinaba ante él - bueno a él le parecía que ella se dirigía en exclusiva a su persona – luego le guiñó un ojo y se encaminó sensualmente hasta el piano que la esperaba a la izquierda del escenario, se sentó y sus manos acariciaban las teclas, mientras él sentía que tenía el piano en su pecho y que cada una de sus costillas eran las teclas de ese instrumento maravilloso, que con su sonido aliviaba todas sus tristezas. Luego surgió la voz ronca de ella, una voz que parecía brotar de las ancestrales gargantas negras que poblaron el Mississipi, rasgándole el alma, despedazándosela y lanzando los jirones al aire. Él se desintegró, perdió la conciencia, por un tiempo, cantante-música, cantante-hombre, fueron la misma esencia ascendiendo hasta el techo rococó del teatro Colón para traspasarlo hasta el infinito de la noche bogotana. Cuando se encontraba a millones de kilómetros luz de la tierra un ruido sordo lo fue rescatando de su abstracción, era como si le hubiesen lanzado una soga y ésta se hubiera arrollado a su vientre atrayéndolo a la realidad, rescatando cada una de sus partículas, cohesionándolas en un todo que tenía una vida terrenal, un trabajo tradicional y un amigo que pateaba enfurecido el piso del teatro Colón en compañía de toda una muchedumbre que gritaba enfurecida improperios que él no lograba entender. Esto es el colmo, exigía Manuel, nos tienen que devolver las entradas, es una estafa, un insulto que no vamos a tolerar y su grito se ahogaba entre los gritos de la multitud que exigía la devolución del dinero.
Vámonos de aquí – le dijo Manuel enfurecido – cómo se atreven a cancelar el concierto sin avisarnos con tiempo.
Por: Gladys

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Publicado el 17 de Mayo, 2008, 7:22.
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Lo que hacemos es observar a la gente y
no le voy a dar más vueltas al asunto. Nos gusta y a nadie le hacemos daño, porque nadie sabe que desde el último piso de un
edificio del barrio Terrazas dominamos Bucaramanga. ¿Algo de miedo? Sí, por
supuesto, un amigo medio paranoico dice que el miedo siempre triunfa y algún
día esto terminará y tal vez termine mal, pero mientras tanto las pasamos bien.
Martín, que es el dueño del telescopio, aunque últimamente soy yo el que más lo
utiliza, dijo que deberíamos inventar un nombre para nuestro pequeño club de
observadores, pero yo no creo que eso sea tan importante. A Johanna Bach, que
desde hace un tiempo es la novia de Martín, sí le parece bien lo del nombre,
pero no se le ocurre ninguno. Así que por ahora somos voyeuristas anónimos.
“¿Voyeuristas
Inc. no sonaría bien?”.
No del todo.
No se puede poner un nombre a la ligera. La primera
noche llegué a visitar a Eduardo y Martín me abrió la puerta. Me dijo que
Eduardo estaba encerrado con Ilana en el cuarto y que no los molestáramos, que
mejor mirara lo que había conseguido. En el balcón nos esperaba Johanna con un
montón de tubos y lentes que trataba de ajustar de alguna manera, parando sólo
para tomar algo de vino de la botella de Moscatel que tenía al lado. Con una
ronda compartida por los tres el equipo estuvo completo y desde entonces hemos
seguido siendo los mismos con tal cual invitado que se aburre rápido. Una noche
vinieron Alejandra de Merak y Dani C. con el cuento de que querían ver las
estrellas y nos descuadraron el equipo para al final decidir ir a verlas de
cerca al Páramo de Berlín. Al otro día regresar a
contarnos que la lluvia no los perdonó y casi mueren de hipotermia. Ilana y
Eduardo también nos acompañan a veces, pero tienen como mala suerte para este
asunto y nunca logran ver nada. Las ciudades, y Bucaramanga sobre todo, exigen
algo de coqueteo antes de desnudarse y por supuesto, se necesita saber
coquetear. Las primeras noches las gastamos ajustando todas las piezas que el
señor Brownstone, el papá de Martín, le había enviado desde Nirvana. Armar un
telescopio no es fácil y menos para un ebrio y menos para tres ebrios: Martín y
yo con los cócteles que él preparaba con licor robado del bar donde trabajaba y
Johanna con su Moscato o Dubbonet o Nightrain o Grajales o St. Emillion o lo
que fuera porque ella veía el beber exclusivamente vino como un destino
independiente del precio y la marca. Esos días prácticamente vivimos donde
Eduardo y Martín, pero últimamente sólo me reúno con ellos los viernes y los
sábados, que son los días en que hay más para ver. Johanna en cambio más o
menos se quedó a vivir del todo, aunque me parece que el asunto de la
observación ya no le despierta el mismo entusiasmo que le vi la noche que
terminamos de unir todas las piezas marca SODAL OPAR TX-E, que supusimos importadas
de algún ya inexistente país de Europa Oriental. Hacer que a través del
telescopio se logrará ver algo diferente a una mancha fuera de foco tomo al
menos la misma cantidad de tiempo, pero superadas las cuestiones técnicas (que
incluyen las cuestiones ópticas) comienza la parte realmente difícil que es
encontrar escenas que valgan la pena para ser observadas. Digo situaciones
porque, salvo la sesión sin éxito de Dani y Alejandra, nuestra intención nunca
fue que el telescopio sirviera para mirar al cielo. Lo interesante está en la
tierra, las cosas de los hombres, no de las estrellas que los rigen. El
apartamento, en el último piso de un edificio en la Carrera 45, tenía de
entrada una buena panorámica, pero una buena panorámica es nada para quien no
tiene ojos abiertos, buenos músculos en el cuello y paciencia de pastilla en el
frasco de un seguro suicida. Un proverbio Tuareg dice “Los detalles se aprenden
en la práctica” y lo que vale para los cazadores de gacelas del Sahara vale
para quien caza con un telescopio de segunda. Hay, por ejemplo, que favorecer
las cortinas traslúcidas sobre las abiertas, que seguramente serían el primer
objetivo de un inexperto: Nadie hace nada interesante frente a una cortina
abierta, pero las traslúcidas dan una confianza que invita casi a hacer algo
que no esté del todo bien, meterse los dedos en las orejas por ejemplo, sólo
por el hecho de saber que nadie podrá observar ese acto. Las primeras noches
desmoralizan y también nos pasó a nosotros al punto de que estábamos a punta de
desarmar y empacar de nuevo el telescopio en un gesto que significaría nuestra
adhesión a la creencia casi unánime de que en Bucaramanga nunca pasa nada.
Entonces vimos dos escenas, un tipo calvo navegando en Internet y una pareja de
ancianos viendo televisión. Ninguna de las dos situaciones tenía nada de
particular, pero eso era parte de su encanto. No que las personas hicieran sus
cosas de siempre mientras las observábamos, sino que las hacían aunque los observáramos. De ahí lo
inofensivo del pasatiempo. El calvo trabajó en el computador hasta que se
aburrió y los ancianos vieron televisión hasta que nosotros nos aburrimos. En
las semanas siguientes vimos una partida de crucigrama animada con tequila, un
tipo llorando por teléfono y pateando la pared, una mujer joven bailando
mientras barría su cuarto, una dama que preparó para el almuerzo salmón ahumado
y para la noche sopa de pajarilla, dos jóvenes, él sin camisa y ella con blusa
negra, que se hacían señas de un edificio a otro y una familia perfecta: padres
jóvenes y dos niñas monitas como de ocho y tres años, auto rojo estacionado
frente a la casa, comiendo cereal importado y sonrientes a la mesa. Vivían en
un tercer piso cerca de nuestro puesto de observación y aunque aparte de las
cortinas traslúcidas tenían otras gruesas no las cerraban nunca. Eduardo los
vio una vez y dijo que parecían salidos de una propaganda de televisores. Yo en
ese momento no entendí la comparación. Esas eran las cosas de todos los días. El sueño, o mejor, los sueños de los
observadores como nosotros, pueden resumirse en captar una instantánea de sexo
o crimen, las dos fuerzas románticas por excelencia. Para la primera no
necesitamos esperar mucho tiempo. Cinco semanas después de empezar nuestras
observaciones nos dimos cuenta que con algo de trabajo y dependiendo de si el
viento movía una palma que nos cortaba la línea directa podíamos enfocar sobre
las ventanas de tres cuartos en un motel sobre la carretera antigua a
Floridablanca. Siempre son las mujeres quienes cierran la cortina y si me lo
preguntan diría que no es que los hombres no la noten abierta sino que les
encantaría que los vieran, pero eso lo pienso sin saber lo que se dice en los
cuartos. La única vez que una cortina permaneció abierta fue, entonces, porque ella
decidió abrirla. Los dos jugaron en la bañera y se persiguieron por todo el
cuarto hasta atraparse, pero luego, cuando Martín y Johanna ya habían decidido
imitarlos y yo seguía solo en el balcón, sacaron no sé de dónde dos libros y se
pusieron a leer en el momento en que la pequeña complicidad, de la que yo
debería ser testigo, parecía inevitable. Amaneció, en todo caso y siguieron
leyendo y se fueron ya bien entrada la mañana. Ilana decía, luego supe que la idea no
era de ella, que somos piezas con las que Dios juega ajedrez y que Dios es la
pieza de ajedrez con la que juega un Dios más grande. Desde nuestra torre de
vigías hemos visto sobretodo gente que juega póker y ventiuna. Hemos visto
discusiones, esfuerzos culinarios, bailes y un par de robos pequeños. Niños que
juegan video durante horas, un violinista que mira todo el tiempo la partitura
con su instrumento en la mano pero no toca jamás y un gordo de gafas que gasta
sus noches mirando pornografía dura en Internet. Una noche muy clara alcanzamos
a ver un tropel en Provenza y a tres borrachos mechudos de saco y corbata
huyéndole a otro en pantaloneta y con un machete en la mano. De todo esto
importa sobre todo el gordo, porque él fue la primera persona en la que nos
interesamos, digamos que de manera constante. El protagonista, no el hecho, no
lo que pasa un en un día sino lo que le pasa siempre aunque entonces nos movía
una pregunta más bien concreta ¿Es posible que alguien pase todas sus noches
viendo porno? y la respuesta es sí. El gordo las pasaba, de lunes a domingo,
una y otra vez. Con el tiempo y agotada la pregunta, dejamos de observarlo,
pero esa idea de observación constante la aplicamos a la familia perfecta por
la casualidad simple de que el auto se les dañó al día siguiente a aquel en el
que habíamos decidido dejar de mirar al gordo. Así nos fuimos dando cuenta, por ejemplo,
que el papá se enciende un porro todos los días después de que su esposa sale
con las niñas para el colegio (creemos que ella es profesora o psicóloga porque
siempre sale y regresa con las niñas en el bus escolar) y después el tipo sale
a trabajar vestido con saco y levando en la mano la corbata que debe ponerse
antes de entrar a la ofician y que no se quita al regresar a casa, cuando las
niñas están listas para irse a dormir. “Se los dije” dijo Eduardo cuando le
contamos acerca de la familia perfecta en una noche en la que la niebla que
sube de Ciudad Norte hacía imposible cualquier observación “como de propaganda
de televisores”. Esa fue la primera gran noche, porque
entonces entendí lo que Eduardo había querido decir. La segunda gran noche fue hace tres
meses. Johanna había sido la primera en notar que la mamá de la familia
perfecta ya no llegaba con las niñas y ahora la traía un tipo que la dejaba a
media cuadra de la casa despidiéndola con un beso en la boca. No creo que
llevaran mucho tiempo, porque nos hubiéramos enterado y al papá de la familia
perfecta tampoco debió costarle mucho trabajo descubrirlo. Era sábado, la mamá
de la familia perfecta salió temprano con las niñas y nosotros cumplíamos un
año de observaciones. Martín, para conmemorar la ocasión, preparó un cóctel que
llamó “Voyeur” y con el primera trago supe que debía tener hasta whisky Indio
Pedro porque lo sentí bajar por mi garganta tratando de frenar su caída
agarrándose con uñas de ácido sulfúrico, pero al otro lado del tubo el papá de
la familia perfecta bebía tanto como nosotros. Hay noches que avanzan como
avalanchas, convencidas desde el principio de que no dejarán sobrevivientes.
Hacia la madrugada, ya ebrios en el punto de que dormíamos por ratos, Martín
dio la voz de alarma. El papá de la familia perfecta caminaba de un lado a otro
de la habitación con un revólver en la mano. A veces se detenía apuntando hacia
una silla vacía y luego se metía el revólver a la boca. La situación exigía por
supuesto que hiciéramos algo. “¿Cómo qué?” dijo Martín mientras servía
aún otro vaso de su coctel. “No podemos llamar a la policía” dijo
Johanna. “¿Cómo les vamos a explicar?” “Van a pensar que si los vigilamos es
para secuestrarlos” En eso tenía razón. La gente andaba muy
paranoica en Bucaramanga. Había comenzado a pensar en ir frente a la puerta
para advertir a la mamá de la familia perfecta en cuanto llegara. “No podemos hacer eso” dijo Johanna. “Él no está preparando un regalo de
cumpleaños” dije. Johanna y Martín me miraron casi con lástima y apostaría que
pensaron expulsarme antes de que Martín me explicara con tono de profesor de
primaria. “No podemos hacer nada más que observar”
dijo. Johanna tomaba otro trago de vino mientras miraba. “La policía no va a creer que queríamos
secuestrar a la persona a la que le vamos a salvar la vida” dije. “Dije lo de la policía por decirlo” dijo
Johanna y pasó para pasar el trago “la razón es que nosotros no somos del tipo
de los bomberos voluntarios que miran desde el cerro Morrorrico para avisar de
los incendios” “Somos observadores, lo que hacemos es
ob-ser-var” Pocas cosas son tan ofensivas como una
palabra dicha por sílabas. “No estamos haciendo un documental” dije
“tampoco tenemos estatutos o algo así” “¿Por qué la gente odia los policías?”
dijo Martín. “¿Porque le pegan a los demás?” “Porque intervienen. El ladrón tiene unas
causas que lo explican. Roba por algo. La víctima debería defenderse, el
policía rompe el equilibrio” A Johanna no le quedaba mucha paciencia
cuando dijo que finalmente había dos razones. “La ética y la práctica y conste que odio
ponerme a utilizar palabras complicadas. La ética es la del camarógrafo de la National Geographic
que sabe que no puede salvar un hipopotamito. La práctica es que si
intervenimos hoy, en dos semanas estaremos ayudando a resolverle los problemas
al mundo “Otra cosa” dijo Martín “No sabemos lo
que ha pasado antes. Sólo una parte. A lo mejor ella ha hecho cosas horribles” Era el “sólo una parte” lo que más me
sonaba de todo. Sólo sabía, para empezar, lo que Martín y Johanna habían
hablado frente a mí, pero ignoraba lo que se habían dicho cada vez que se iban
al cuarto de Martín o cuando ella lo esperaba a la salida del bar y subían
caminando de la mano por el atajo que uno toma para llegar a Terrazas. A ellos
los había mirado tan de lejos como al papá de la familia perfecta, al otro lado
del telescopio. Ya casi amanecía cuando la mamá de la
familia perfecta bajó del carro que la traía todos los días dando un portazo y
sin besar al conductor. Se supone que sólo podía verla pero me parecía escuchar
sus pasos mientras subía las escaleras hacia su apartamento justo mientras el
papá abría del todo la cortina traslucida y apuntaba hacia la puerta. “Está llorando” dijo Johanna y aunque ya
me había convencido de que Dios no sabe jugar ajedrez y sólo ve la partida
pensando que existen reglas, me sentí tranquilo pensando que después de llorar
nadie dispara.
Por: Ricardo Abdahllah
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Publicado el 1 de Mayo, 2008, 9:40.
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Bajo
la luz de las imponentes lámparas, los objetos cotidianos adquieren un halo
mágico, el cristal de las copas y la porcelana de la vajilla lanzan destellos
luminosos sobre los rostros de los elegantes comensales, los cubiertos exhiben
orgullosos el mimo a que son sometidos después de cada comida por las ásperas
manos de los sirvientes, los manteles caen impecablemente sobre el abismo de la
mesa para depositarse suavemente sobre las rodillas de esos seres humanos que,
indiferentes a todo ese que hacer cotidiano, se disponen a engullir unos alimentos
por los que pagaran un precio exorbitante, pero que consideran como una especie
de señal que los hace sentirse únicos,
privilegiados y que les permite saborear de antemano un sentimiento de
superioridad sobre los demás “pobres mortales”.
Y
allí están, en un rincón del salón
principal, junto a una ventana que les permite admirar el bien iluminado
y bien cuidado jardín, tres mujeres de cierta edad, elegantemente vestidas para
la ocasión, perfumadas, maquilladas y peinadas, estudiándose mutuamente, analizando
cada movimiento de las manos, del cuello al girar la cabeza, la leve
inclinación de la cintura al sentarse, el gesto de la mano enjoyada retirando
la servilleta, el aire mundano de sus ojos recorriendo la estancia en una
búsqueda disimulada de viejos conocidos.
Elena
ronda los sesenta, exhibe descaradamente cinco cirugías desde el torso hasta la
cabeza, luce un traje sastre rojo, un tanto clásico pero que se adapta
maravillosamente a su cuerpo recién esculpido por el bisturí de moda; en este
momento está leyendo atentamente el menú, repite en un susurro los nombres de
los platos y se pregunta si ese omelette estará tan espumoso como lo recuerda
de aquellos tiempos en que la abuela batía ruidosamente los huevos en la cocina
de la casa paterna.
Marta,
a sus cincuenta y ocho, luce como una estrella de cine con un traje de cóctel
color ocre muy escotado y ha escogido un enorme collar de bisutería fina,
terminado en una gran piedra irisdicente que dirige todas las miradas hacía esa
voluptuosa zanja entre pecho y pecho. Sin embargo disimula muy bien las manchas
oscuras de sus manos. Es una lastima que tenga programada esa cirugía hasta
dentro de seis meses. Marta también lee el menú y se imagina una sopa tibia de
verduras, con trocitos de carne flotando al lado de trozos de zanahoria cocida,
y tiritas de queso salado sobre la superficie del plato, mientras el aroma a
hierbas penetra suavemente por su nariz.
Beatriz,
la más joven de ellas, siente un especial placer al saberse nacida unos cuantos
años después que sus amigas, eso no quita que las quiera profundamente, al
contrario le permite agradecerles esa especie de afecto maternal que siempre le
deparan. Ella ha escogido un top de terciopelo azul marino y una falda de seda
blanca que cae justo encima de sus rodillas lo que le permite exhibir unas
piernas aún firmes y sin ninguna vena delatora, igualmente lee el menú pero no
logra traer a su mente la imagen de platos cotidianos, ni el aroma de especias
amorosamente mezcladas, aquellos omelettes, aquellos patès, fromages, vius,
salades y demás “curiositès” son a
sus sentidos como el Esperanto, por eso no se decide, mientras lamenta su
absoluta incapacidad para entregarse a placeres nuevos, así que termina
recurriendo a lo tradicional, una ensalada, un caldo, dos o tres clases de queso
y el vino… pues que aconseje el camarero.
Ahí
están nuestras tres mujeres, las que vemos al fondo del salón, las que se
destacan por su imponente presencia en medio de aquellos hombres sebosos
forrados en trajes de fino paño. El susurro de las conversaciones se confunde
con el alegre tintineo del cristal, con el efervescente gorgoteo del vino
generoso cayendo en el vientre de las copas.
Al
cabo de un rato, el camarero trae los platos, los coloca elegantemente delante
de cada una de las tres mujeres y ni la buena crianza, ni los rígidos modales
impiden el gesto de desilusión de cada de una de ellas al contemplar sus
respectivos platos.
En
el Museo Moderno:
Manuel
se retira prudentemente del lienzo. Piensa que quizás viendo el cuadro a una
distancia des-usual logre encontrar algún sentido a aquellas manchas roja, ocre
y azul marino, que parecen cambiar de forma a medida que él cambia de posición,
ya son mujeres, ya son manchas; Ileana en cambio se acerca hasta casi rozar la
superficie del cuadro con su nariz.
-
¿Qué haces? le pregunta Manuel
- Es
que creo que huele a comida, como a tortilla, sopa de verduras o quesos…
Por: Gladys
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Publicado el 1 de Mayo, 2008, 8:34.
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caminaré con mi bandera de sombras dentro de tu jardín de piedra
Pearl Jam “Garden”
Ya está atardeciendo y estoy algo cansado. Es lógico que lo esté,
hoy caminé bastante. Ignoro si la gente de Bucaramanga tiene todavía la
costumbre de salir a caminar porque sí y la verdad tampoco me importa. A mí, al
menos, me gusta. Hoy caminé hasta el centro, a muchas personas no adoran pasar
por ahí pero a mí me parece bacano. Todo, hasta la olla de la treinta, tiene su
gracia. Lo importante es caminar despacio, cuando uno camina despacio lucen
todos se ven desesperados. Todos en realidad están desesperados y gritan y se
detienen para mirar el accidente de tráfico y lo que hay que hacer es lo
contrario, pasar en silencio, ignorar los comentarios que dicen que la
atropellada es una mujer joven y que el tipo que se bajó del bus es el novio.
Ignorar incluso al tipo que se desbarata gritando. La idea es siempre hacerse
el idiota. La idea es bajar despacio por el lado de la Compañía de Tabaco,
sentir el aroma de las hojas secas y leer los graffitis que los estudiantes de la UIS escribieron en la última
marcha. Caminar por el separador de la avenida con los brazos abiertos a la
brisa de la tarde, nada hace tanto bien, no hay desfiladero en el mundo, ni
acantilado ni ribera de río ni cúpula de edificio donde pueda sentirse la
libertad que se siente al caminar con los brazos abiertos por el separador de la Avenida 27. Luego giras en la 36, en sentido
contrario sube un ladrón esposado corriendo un paso adelante de los policías
que lo escoltan hasta el CAI donde se efectuará la repartición del botín, y más
allá hay almacenes de colchones y de electrodomésticos y una salsamentaria que
alguien trató sin suerte de hacer parecer un chalet suizo, lo que además es
tonto porque los propietarios deben ser herederos de esas familias alemanas,
los Harders, los Schicksals, a lo mejor hasta es de gringos, de los hermanos
Usher, toda esa gente que pasó por aquí y ya no se fue, pero pasó de todas
maneras y luego está la 21 y el Parque Santander, porque aquí a todo le ponemos
“parque” y don Isidoro Bosnio atravesando el parque, él, el mensajero eterno,
los fotógrafos del Parque Santander y los niños que se suben en un caballo de
mentiras que hace una cara de sufrimiento de verdad para una fotografía y los
fotógrafos se quejan de que usted sabe la fotografía digital está acabando con
esto. El vendedor de tiza china para matar las hormigas y el que vende forros
para el control remoto. El ciego, el sordo, el que llegó desplazado de un
pueblito de la costa. El poeta que imita ruidos de pájaros, el mendigo que se
baña en la fuente y la señora de los pinchos de carne de caballo que inundan
con su aroma, que no está mal, todo el aire del parque. El anciano que pide
limosna sentado frente al edificio de la Lotería de Santander y a media cuadra del Club
del Comercio y el predicador que te dice que le dice a la gente que se aleje de
la mala vida, que el domingo hay culto en la Sagrada Iglesia del Reino. El
tragafuego que maldice los aguaceros porque no lo dejan trabajar y la vendedora
de mango verde con sal. Ahí están, desfilando frente a la catedral que sigue
siendo blanca, el loquito de rastas y sin camisa que insulta a los transeúntes
de la calle treinta y seis y el estudiante que va tarde a hacer las vueltas
para pedirle al ICETEX un crédito que no acaba de pagar y los blackers, con sus
camisetas negras decoradas con manchas rojas y símbolos de Baphtomet, leyendo
el cartel que anuncia el concierto de death metal - Blasphemator, Satanizer y
Profanum Devil- que se llevará a cabo en
dos semanas en el Coliseo Peralta. Boletas en Café Jazz con el auspicio de
“Proyecto Rock”. Ahí está el artesano con su siempre fiel botella de Moscatel
de Pasas y la casetica amarilla con verde donde el vendedor, ya que ese es el
acuerdo, introduce disimuladamente el último número de “Suecas” dentro del más
reciente ejemplar de The Economist. El centro de Bucaramanga es distinto a
cada segundo del día pero igual en el mismo segundo del día siguiente. Donde estoy ahora es diferente. Aquí
todas las calles se parecen, son muy empinadas y hay muchas escaleras. Cuando
uno sube siente como si estuviera subiendo al cielo, pero cuando uno llega le
dan ganas de llorar porque el cielo está vacío. El horizonte ha enrojecido pero
los tonos rojos no alcanzan a quitarle la monotonía a este atardecer y a este
cielo vacío que, como cumpliendo un deber, como quien lo hace de mala gana,
cubre una ciudad que también se ve vacía. Como no puedo hacer parte de esos
colores, maldigo mi ascenso, pero tengo una recompensa: La ciudad está vacía,
los humanos desaparecieron y la naturaleza vuelve lentamente para tomar
posesión de todo lo que le fue arrebatado. Y sólo quedan como testigos las luces del
alumbrado público que, dentro de unos meses, o unos años quién sabe, también
terminarán por apagarse.
Por: Ricardo Abdahllah
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Publicado el 1 de Mayo, 2008, 7:23.
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Son ya muchas las voces que acusan al escritor
peruano de incurrir en plagio. Cuando se presentó la primera reclamación nadie
hizo caso de ella por proceder de un autor desconocido, sin embargo, con el
paso del tiempo, medios de comunicación peruanos como el diario El Comercio
y Perú 21 presentaron sendas denuncias,
es ahí cuando la noticia empieza a trascender y se habla de hasta 27 casos, 16
de los cuales se han demostrado plenamente.
Por su parte, las explicaciones del propio
autor (acusa a su secretaria) son, por decir lo menos, infantiles.
Apartándonos del delito, ya las
autoridades harán su trabajo – espero - me pregunto sobre los motivos qué
pueden llevar a un autor al plagio: podría ser pereza, falta de inspiración,
ligereza al elegir, pensar e investigar acerca de un tema, o simplemente oportunismo,
¿para qué reinventar la rueda?
Cualquiera que sea la causa, es innegable
que se incurre en un fraude, que conlleva a una pérdida de credibilidad por
parte de sus lectores y conocidos, pues los artistas, desde la antigüedad
inspiran un halo especial que los ubica por encima del bien y del mal. La gente
generalmente cree que son inmunes a las debilidades de los demás mortales, los
encuentran objetivos, o poseedores de una inteligencia superdotada que les
permite ver más allá de lo que a los otros les es negado, por eso, sus
seguidores creen a pie juntillas sus teorías, debaten fervorosamente sus tesis,
analizan los posibles motivos que los llevan a culminar en determinadas teorías
e incluso se han convertido en íconos culturales decisivos en el desarrollo
histórico de la humanidad.
Por eso, no es raro que a un artista
caído, las masas lo apabullen, es lógico, los ha defraudado, ha mostrado sus
pies de barro y eso es inaceptable.
¿Por qué? Sencillamente porque con sus actos
fraudulentos nos grita que es igual a nosotros, que no posee nada divino y que,
en el fondo, era una ilusión a la que nos aferrábamos para creer que en nuestra
existencia podría suceder, algún día, algo maravilloso. No hay salvación,
nuestros pies dejan huellas de lodo… a menos que renuncie a su “divinidad” y
reconozca públicamente su fraude.
La Dirección.
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Publicado el 20 de Abril, 2008, 8:12.
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Son las seis menos cuarto, cuatro mujeres de cierta edad se
disponen a salir de sus respectivas casas, todas hacen el mismo gesto al
mirarse en el espejo de sus respectivos e idénticos vestíbulos: guiñan los ojos para verse mejor
el rostro – tanto maquillaje no logra
borrar los años - con un gesto de la mano dan un toque al pañuelo que
llevan en el cuello – un mal viento a
esta edad puede ser peligroso – una última mirada a su atuendo y un gesto
de resignación – medianamente bien –
Una revisión al bolso para asegurarse de que las llaves están en su sitio y
salen en dirección a la cercana cafetería donde se han citado – las rodillas ya no dan para mucho –
Las cuatro mujeres llegan casi al tiempo, se saludan, los labios quedan
dibujados en las mejillas – un kleennex
lo soluciona –
Rosalía piensa en la cara que pondrán sus amigas cuando vean la
foto de su último nieto – un adorable bebé de pocos meses – María cree por su
parte que la receta del arroz caldoso provocará muchos ayyyy de sus amigas –
Alicia repasa el número de invitaciones que trajo para la comunión de su nieta,
una de las medianas – Josefa no trae nada, solo piensa en pasar bien el rato
hasta que sea la hora de irse a casa a dormir sola –
En la puerta son recibidas
por Anita, la camarera suramericana – tan
linda ella, tan educadita y tan bien puesta que va siempre – las conduce a
la mesa, las amigas se quitan los abrigos y se disponen a ordenar.
Humberto las mira por el espejo que tiene en frente de la barra –
otra vez las viejas esas, parece que no tienen nada mejor que hacer – y se pasa
la mano por los cabellos. – ¿qué piensa, alguien
que está al borde de la muerte? -Lleva más de dos horas en el café y el
cuaderno que tiene a su lado muestra la hoja en blanco – no se le ocurre nada para escribir – y encima ahora con esas parcas
detrás. – no sabe cómo quitárselas de
encima -
Yo debería más bien dedicarme a buscar un trabajo rentable y
disfrutar del billete –reflexiona- pero sé que no aguantaría mucho, y menos con
esta ansiedad, con esta desazón que no me deja en paz sin saber por qué. No, no
me van los trabajos fijos… o si me invento algo, a lo mejor - y vuelve a mirar
los periódicos del día – con tanta grasa no se ven las noticias, tendría que
venir por las mañanas temprano, antes de que lleguen los clientes, - maldita pereza - así me entero de lo que
dicen los diarios. ¿Y si me dedico a escribir sobre los inmigrantes en Europa?,
eso podría estar bien, pero nunca escucho nada que ya no se sepa, o hablar de
las mujeres maltratadas, eso tiene mucho juego y me ganaría un público
solidario con las mujeres – no que va
-
Siente el alboroto de las mujeres como ácido en sus orejas, alza
la cabeza. Las ancianas se ríen, hablan bajo, parece como si tramaran algo.
Alicia mira hacía él y las mejillas de Humberto se ponen rojas. Debió ser más
rápido. Se siente muy mal al verse pillado de esa manera. Vuelve a su hoja en
blanco y garrapatea algo sin sentido: “mujer mayor que mira a hombre joven con
visibles muestras de…” ¿Por qué no? un Lolita pasadita de años y se ríe.
Cuando levanta la mirada tropieza con la de Alicia, muy cerquita a
su rostro. Se sobresalta.
- ¿Qué pasa escritor? ¿No llega la inspiración verdad?– pregunta
Alicia sin pudores –
- Si – responde seco Humberto – mientras se maldice por tonto, -
ahora me va a preguntar que qué escribo, – si…-
- ¡Vaya que es cruel la inspiración! – dice Alicia mirando la hoja,
lee la frase pero no lo demuestra –
- No, si, si, claro es que reflexiono antes de… - alega como a la
carrera el joven escritor –
Las otras mujeres se acercan, rodean al escritor sonriéndole.
- Venga siéntese con nosotras - le dice Alicia – a lo mejor
necesita algo de… distracción.
Humberto se levanta de su silla, recoge el cuaderno y las sigue.
- Así que usted escribe – dice Rosalía con un tono muy neutro –
- Si, pero…
- No le llega la inspiración – dice Alicia –
- Si, son malos tiempos para los escritores, me imagino que añora
los bares roñosos de principios de siglo, llenos de humo, gente que habla
fuerte, beben absenta y se rodean de putas maduras… - dice María –
- O impúberes – dice Alicia -
Humberto la mira y se sonroja otra vez – ¿cómo diablos supo esa
mujer que…?
- A lo mejor echa de menos las tertulias de la bohem – recalca
María –
- Si, malos tiempos para los artistas, con tanta comunicación y
tantos medios, verdad, da la impresión de que todo el mundo se ha vuelto
escritor de la noche a la mañana – dice Alicia –
- Y a usted le gustaría hacer algo original ¿no es así? – le
pregunta Rosalía con una sonrisa enigmática en los labios.
- Por supuesto – dice Humberto – me gustaría escribir una novela
genial, algo así como el Quijote –
- El Quijote no es una novela – dice Alicia –
- Usted perdone señora, esa es tal vez la mejor novela de habla…
- Una sarta de alucinaciones, válgame Dios – dice Maria –
- Señora, no permito que en mi presencia se hable en esos términos
de, de, de, de lo que considero la Biblia de la lengua…
- La lengua – dijo Alicia mirando a sus amigas –
- Van Gogh se cortó una oreja ¿no? – preguntó con una mirada inocente
Anita, la camarera –
Humberto sintió que el estómago se le retorcía, aquellas brujas, lo
iban a enloquecer.
- Perdónenme, debo ir al baño – se disculpó Humberto –
- No hay cuidado – dijo Alicia –
Humberto se alejó en dirección al baño, las manos le sudaban y las
piernas le temblaban, a duras penas llegó a la puerta donde el dibujo del hombrecito
con paraguas le indicaba: Aquí es.
Cerró la puerta tras de sí, estaba completamente bañado en sudor, esas
viejas, esas viejas algo tramaban – pensó – la cabeza empezó a darle vueltas, las frases de las mujeres
retumbaban en su cabeza: El quijote no es una novela… una sarta de
alucinaciones… venga con nosotras… no tiene inspiración… no tiene inspiración…
no tiene inspiración…
Se acurrucó debajo del lavamanos oprimiéndose fuertemente los ojos con la palma de las
manos intentando calmarse, cuando creyó que lo había conseguido abrió los ojos,
el cuarto de baño ahora estaba iluminado por una luz rojiza, los rostros de las
mujeres danzaban alrededor de su cara, las bocas de ellas se reían, se reían…la
oreja de Van…
Una hora más tarde nuestras amigas se levantan de la mesa, le dan
la propina a Anita quien con dulce
acento les pregunta por el joven.
- Salio de prisa – dijo Alicia – ¿se despidió de nosotras?
- No – dijo Josefa.
- Malos tiempos para los buenos modales – dijo Rosalía, sin
embargo creo que lo último que le escuche decir fue… algo de…
- Una oreja – se rió Josefa –
Salen a la calle dejando intrigada a la camarera, caminan tomadas
del brazo, desean aprovechar al máximo el tiempo que les queda antes de
despedirse.
- No pensé que fuera tan
sensible – dijo Alicia –
- Maria – susurro Rosalía - en serio piensas eso del Quijote
María la miró, se detuvo en medio de la calle, buscó en su bolso,
extrajo un papel cuidadosamente doblado y empezó a leer: Ajos tiernos, cebolla
bien picada, un ramito de perejil…
Por: Gladys
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Publicado el 20 de Abril, 2008, 7:54.
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Ilana tenía el cabello largo y clarísimo casi blanco y los ojos más
bien pequeños y casi sin pupilas. Era exalumna del Pilar como casi todas las
amigas que tengo en Bucaramanga. ¿Qué más le puedo decir de ella? Tenía
brackets, pero a pesar de eso, y no sé por qué digo “a pesar”, su sonrisa era
muy bacana, muy inocente, como de niña chiquita por decirlo de alguna manera,
¿Ha visto cuando a una niña consentida le preguntan por qué hizo algo y ella no
tiene ni idea de por qué pero sonríe como pidiendo perdón? Haga de cuenta. Ella
sonreía así y yo la besaba. ¿Ha besado alguna vez una mujer con brackets? No se
enreda la lengua ni nada, es rico. Ilana besaba rico y tenía los pies fríos.
Siempre andaba de falda larga y botas militares y se ponía un montón de
manillas y collares de los que venden los artesanos de Cabecera. Tenía un
bolsito que se cerraba con una tachuela verde y allí llevaba los libros. Todos
llevábamos libros en el morral en esa época, pero ella leía cantidades, más que
cualquiera de nosotros. Le gustaba Borges porque le gustaba el ajedrez y Borges
tenía un poema sobre el ajedrez que ella me leyó la primera vez que salimos a
tomar café. Fue en el café de la UNAB Terrazas, ¿Ve usted cómo cuando uno las mira
hacia atrás las cosas encajan siempre? Yo acababa de salir de entrenamiento de
lucha libre. Le dije que si me recordaba, aunque tenía que recordarme después
de lo que había pasado en el bar. Ella pidió un sobre de azúcar, yo dos. Ilana
había vivido en una finca y no había hecho primaria y aún así había aprendido a
tocar violín y jugábamos a inventarnos canciones, ella ponía la música y yo la
letra y creo que la letra era muy mala para semejante música; sobre todo le
gustaba ir a cine, por eso casi todos los martes íbamos a ver algo, así fuera a
algún cinema comercial o a las películas que daban gratis en Casa Sur o en la Facultad de Salud. Con
ella vimos “Azul”, que era una película llena de color azul pero de la que más
me acuerdo es de “Casablanca” que la vimos en Floridablanca, porque a la salida
de esa la invité a tomar una cerveza a Sueños de Pan y luego otra por el
Pequeño Ámsterdam, porque allí eras más barato y de regreso caminando por la
27ahí fue que nos cuadramos. Claro que no duramos mucho, pero después de que
terminamos me la seguí pasando bastante con ella. Al menos hasta que se cuadró
con un tipo que me caía como una patada en el culo y empezó a portarse toda
boleta conmigo. A mí no me molestaba que saliera con él, aunque el tipo me
cayera mal, pero odiaba la barrera que significaba que ella estuviera con él.
Las mujeres conocen la mayor humillación y la mayor tortura: negar el cuerpo
que se ha entregado. Eso duele y cuando le pregunté si alguna vez íbamos a
volver a estar juntos y ella contestó que ni muerta no volvía a visitarla. La
última vez que la llamé fue para contarle que acababa de llegar de Duitama y
que me había cuadrado con una pelada de allá y para pedirle el favor de que
comiera mierda. Entenderá entonces usted que fue una
sorpresa que, cuando ya casi ni pensaba en ella, me la volviera a encontrar en
el atajo que uno agarra para ir al barrio Terrazas. No sé si usted ha ido por
allá, en lugar de seguir derecho por la iglesia de los mormones hasta llegar al
CAI, usted se va por detrás de la pizzería en ruinas, baja unas gradas, cruza
un potrero y sale de una. Es mucho más cerca, pero no se lo recomiendo cuando
llueve, porque en las gradas se forma barro y uno puede resbalarse. Yo venía
caminando desde la casa de una amiga que se llama Alejandra y que vive cerca al
estadio y estaba medio prendo porque con ella y con un amigo, al que nunca le
he sabido el nombre verdadero pero que le dicen Dani Cobain porque es muy fan
de Nirvana y de un grupo de Black Metal que el cantante se llama Dani, habíamos
hecho una fogata y tomado bastante. Acababa de empezar a bajar las escaleras
cuando la vi. Ilana estaba sentada unas gradas más abajo, recostada contra el
primer árbol. Tenía falda larga y botas militares como siempre, pero le habían
quitado los brackets y se había cortado el cabello. Le dije que me alegraba
muchísimo de verla, que sabía que había peleado con el mancito con el que
andaba pero que fresca, que nadie en el mundo es irremplazable. Le hablé rápido
de “Casablanca” y “Azul” y el violín y Borges. Le dije que con seguridad ella
aún tendría fríos los pies, que había pasado tiempo, pero no tanto, que el
tiempo le pasa a uno pero no a las cosas que recuerda.
Un rato más tarde estábamos en mi
apartamento.
Pero no le he contado cómo fue que conocí
a Ilana. ¿Usted se ha rumbeado a alguien para darle celos a otra persona? Me
imagino, todo mundo lo ha hecho alguna vez y a todo mundo se la han hecho. Aquí
usted se va a reir, va a decir “Cosas de la juventud” y va a pensar en esa
mujer por la que lo hizo, pero la gente cambia en todo excepto en la manera de
quererse. Yo en esa época, salía con Natalia Hetfield, una caleña hija de
gringos que me gustaba mucho. De ella no volví a saber porque una vez la llamé
y le dije que quería verla, que por qué no se pasaba por la casa y me dijo que
otro día porque esa tarde tenía una cita con un tipo que había conocido en un
bus y que el día anterior había pasado por mi casa y mi mamá la había tratado
muy mal. Cuando mi mamá estaba en la ciudad, porque ella vivía en Duitama y de
vez en cuando venía a visitarme un par de semanas, nunca me decía que Natalia
había ido a buscarme. Mi mamá creía que Natalia era hasta satánica por la
música que escuchaba y quedó convencida cuando la única vez que logré sentarlas
a comer juntas, en el Viejo Chiflas ella contó la historia de Elizabeth
Bathory, quedó convencida. Natalia me gustaba resto y como ya habían pasado
varias cosas con ella, estaba decidido a pedirle cuadre esa noche en un bar que
acababan de abrir a media cuadra de la Clínica Bucaramanga.
El bar se llamaba Calabozo. Los destinos se deciden siempre en bares con
nombres curiosos. Esa noche le invitaría una cerveza y bailaríamos un rato y
luego le invitaría otra y nos la tomaríamos bailando y así hasta que ella
dijera “Estoy cansada, sentémonos un rato” y nos sentaríamos a la mesa y yo le
diría “Natalia, yo propongo cuadre” y ella diría “Yo he estado pensando lo
mismo. Ya han pasado muchas cosas”. Pero el sábado había noche de “tome la
cerveza que pueda” y todos terminaron yendo al bar. “Todos” es Alejandra &
Dani y Andrés & Ariadna y Fernando & la nueva novia de Fernando. Habían
cambiado todas las luces por lámparas ultravioleta, la gente miraba los dibujos
secretos en las cédulas de ciudadanía y los billetes de mil. Sobre la barra
había un despertador que sonaría a las dos de la mañana. Hasta esa hora se
serviría toda la cerveza que cada uno quisiera. Había mucho humo y mucha gente,
Natalia estaba de un mal genio mortal. A las dos menos cinco, todos los tipos
del bar estábamos al lado de la barra vaciando y volviendo a llenar los vasos.
Cuando el reloj sonó y el barman nos amenazó con un palo de golf, un deporte
que por demás hay que ser muy imbécil para practicar en Bucaramanga, volví a la
mesa y Natalia no estaba allí. La encontré estaba con un tipo al lado de la
ventana. “Ven te presento a mi novio, volvimos que días” dijo.
Y yo qué piedra tan hijueputa.
Primero por creer que ella iba a
cuadrarse conmigo y segundo porque yo sabía que al tipo acababa de conocerlo. Fue en ese momento exacto cuando vi por
primera vez a Ilana. Voltear la cabeza, verla. Todo en una sola acción. Estaba sentada en una mesa, sola y
fumando un Pielroja ella solo fuma Pielroja, aunque eso lo supe después. Sonaba
una de Rage, y todo mundo saltaba y gritaba now you do what they told ya ta-ta
ta…now you do what they told ya ta-ta ta…y ella sin embargo quieta, estática y
extática y etstática pensando en quién sabe qué cosa, vestida con falda larga y
botas militares. Sobre todo sola en una mesa frente a una silla desocupada en
un bar en el que no había lugar, como si quién sabe qué cosa, un cono de luz
diferente a la ultravioleta del bar la protegiera. No le dije nada. Tenía
derecho a sentarme en esa silla. Ella dijo que podía sentarme en las dos si quería,
que ella se iba. Yo le dije que también me iba, que me había sentado sólo para
amarrarme los zapatos. Ella podría también estar sentada allí sólo para
amarrarse los zapatos, amarrar sus botas debía tardar otras. Ya estábamos
bajando las escaleras cuando empezó a sonar una canción de Queen que me gusta
mucho ¿usted la ha escuchado?, es la que dice mamma mia mamma mia que después
un grupo mexicano versioneó en español hasta que en un concierto un fan subió
gritando “Por Freddy Mercury” y mató al cantante de catorce puñaladas. Yo lo
hubiera hecho también ¿Usted no?. A mí me gusta Queen. Me gusta mucho. Fue por
eso que le pedí a Ilana que nos devolviéramos a escucharla. La mesa estaba
ocupada, el cono protector se había deshecho. Nos sentamos en el piso. Natalia
estaba sentada en frente de nosotros. Yo podía verla, en ultravioleta, a través
de las piernas de la gente que bailaba y veía que ella me miraba, que en lugar
de cerveza tenía entre sus manos, una botella de Moscatel barato, que si estaba
agarrando esa botella con la misma fuerza en los dedos con la que uno se aferra
a un salvavidas, era porque estaba triste y estaba sola. Y no importó, ¿sabe?
mientras la música cambiaba de opera ligera a guitarra heavymetalera, besé a
Ilana con la única intención de que Natalia me viera y mientras la besaba abrí
un poco los ojos. Natalia se había ido. En el momento en el que mi teléfono
sonara y fuera ella le diría que no había sido más que un beso. Pero no sólo Natalia no volvió a llamarme
en mucho tiempo sino que no fue sólo un beso. Ni mucho menos. Nunca un beso es nada más que un beso. A la madrugada Ilana y yo seguíamos
besándonos en la Carrera
33 frente a un letrero en la pared blanca del Club Unión que decía “Dios te
ama”. La última broma que hice mientas Ilana subía a un taxi tenía algo que ver
con el amor de Dios y con lo difícil que debía ser desamarrar su botas. La primera broma que hice en mi
apartamento luego de encontrarla en el atajo que uno toma para ir al barrio
Terrazas, tenía que ver con Dios y con lo difícil que era desamarrar sus botas.
“No voy a acabar nunca” dije esperando
que ella sonriera.
Yo todavía pienso mucho en Ilana, aunque
pienso en muchas otras cosas. Hay talleres para ocuparse pero de todas maneras
uno tiene un montón de tiempo para pensar, para leer también. Yo leía antes de
conocerla, pero con ella empecé a leer de verdad, ¿Me entiende?, a Filemón de Sausage, a Cátulo, los clásicos.
Todos esos libros que ve ahí son clásicos, me los trajo un profesor que se
llama el profesor Medina. Él nos hacía talleres, pero hace rato no viene. Ahora
viene el hermano Pedro, un pastor evangélico, pero yo no voy a verlo. Fui una
vez pero había un ángel tomando apuntes de lo que decía. Entonces prefiero
quedarme leyendo. ¿De pronto usted podría decirme cuál es el mayor clásico de
la literatura francesa? A mí me gusta Baudelaire, me gusta decir “Es hora de
embriagarnos” aunque ya no tome nada. Pero no sé si Baudelaire es el mayor
clásico de la literatura francesa. Tal vez usted sabe. Ese otro libro es de
Borges. Me lo trajo el doctor Aguas, pero ahí no está el poema del ajedrez
y por eso no lo he leído. Los pequeños son de filosofía. Algunos de los
compañeros de acá leen mucha filosofía. Mucha.¿Vio al tipo de está ahí sentado
con un trapo rojo amarrado al cuello? Ese es Supermán, es uno de los tipos con
los que se puede hablar de filosofía. En realidad se llama Federico. Yo lo
conocí antes de que los dos llegáramos aquí. Estábamos con Ilana en Calisón. Él
la sacó a bailar. Luego salimos con él un par de veces, pero él rara vez se
acuerda. Todas las mañanas a las ocho y cuarto Federico se para en la mitad del
patio y se echa un discurso. Hoy nos habló de las tarántulas, ayer de los
relegados o algo así. A veces se corta las yemas de los dedos con un vidrio y
se pone a escribir en el piso cosas con la sangre. Él lleva rato aquí, otros
duran menos. Las mujeres sobre todo. A la familia le da miedo que den con algún
degenerado y se las llevan para la casa. Por aquí pasó una muchacha super
bonita que se volvió loca de tanto ver luces en el cielo. Hubo otro que se
fritó el cerebro de tanto comer hongos en La
Mesa. La novia venía a verlo y él decía que
ella era un fantasma, que ella estaba muerta, y ella le trataba de acariciar el
cabello y él le decía que no, que ella estaba muerta y con Federico decíamos
que la novia era bonita, que aunque estuviera muerta era bonita y antes más.
Sausage dice que la muerte embellece, yo lo había pensado antes de leerlo. Con
Federico siempre hablamos de las visitas de los demás, hay que hablar de algo,
¿No cree?. El otro que está allá no habla mucho, pero a él también lo vi antes
afuera. Tenía rastas hasta la cintura y se paraba en la mitad de la calle 36 a insultar a todo el que
pasaba y ahora que lo raparon se sienta en un rincón. A mí también me raparon
cuando entré y me dio mucha rabia porque llevaba desde que salí de prestar el
servicio en la policía dejándome el cabello, porque cuando estaba en el equipo
de lucha tenía que pelear con el entrenador para que no me obligaran a cortarme
el cabello. También Ilana tenía el cabello corto cuando volví a verla. ¿Quiere
ver una foto? No de Ilana, una foto mía con el cabello largo. Ese libro es un
álbum de fotos, creo que en casi todas tengo el cabello largo, las fotos con el
cabello largo son las que uno con más cariño recuerda. Esta es cuando estaba en
el equipo de lucha. Esta es en un lago cerca de Paipa en un paseo que hicimos.
Esta es bien bacana, es con el doctor Patarroyo y nos la tomaron cuando vino a
dictar una conferencia a la UIS.
Yo le digo a la gente de acá que soy amigo de Patarroyo y más
de uno me cree. También les gusta mucho la foto del lago, aunque la última vez
que mi mamá vino me dijo que ya se había secado. La que está al lado mío es mi
novia de Duitama, la que tuve después de Ilana. Ella nunca ha venido, pero me
manda decir con mi mamá que es porque ha estado ocupada porque ahora entró a la
universidad en Bogotá. De todas maneras como sé que mi mamá y ella se ven en
Duitama, le escribo seguido. Mi mamá viene cada dos meses más o menos, son ocho
horas de carretera y lo dijo Daville citando a Sausage “El dinero va y viene.
Sobre todo, va”. Cuando mi mamá viene siempre estoy
contento. De resto hay días buenos y malos. Aunque a veces se me saltan las
letras como en los libros que uno encuentra cuando está soñando acá me sobra el
tiempo para leer. Si he dormido bien me levanto temprano, recibo las pastillas,
me baño, leo un rato y después de escribir salgo al patio y hago algunos rollos
de lucha libre, como para que no se me olvide. Los compañeros me dicen “El Hijo
del Santo” y “Mascarita Sagrada” aunque que si estoy muy empepado termino
estrellándome contra el piso y todos se ríen. A mí no me importa tampoco, yo me
río con ellos. Eso en los días buenos, porque hay noches en las que el frío no
me deja dormir. Entonces no me levanto, ni siquiera para escuchar el discurso
diario de Federico y no me tomo las pastillas y me duelen los huesos y paso
toda la mañana pensando en cómo seguirá el mundo allá afuera y primero es en si
arreglaron algún parque o si hicieron un puente nuevo en alguna parte de
Bucaramanga, y hasta allí está todo bien, pero luego llegan todas. Usted sabe,
todas al tiempo con sus preguntas, Ilana y Natalia y mi novia de Duitama, todas
como si fueran transparentes, y se acercan y me muerden el cuello y me torturan
con sus cuerpos que tengo tan cerca y no puedo tocar me gritan que por qué he
sido tan hijueputa con ellas. Yo sé que para no verlas sólo tendría que
salir de aquí, pero no me dejan salir y le juro que hay días que agarro la
pared a cabezazos y entonces termino por gritarle, a Ilana, a mi novia de
Duitama que no lee mis cartas, a todo mundo, que yo no hice nada malo, que
después de lo que fue la mejor noche de mi vida, volví a amarrarle a Ilana sus
botas militares y la dejé tan linda y tan muerta como la había encontrado unas
horas antes, recostada contra el primer árbol que hay por el atajo que uno coge
para ir al barrio Terrazas.
Por: Ricardo Abdahllah
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